Sarah jamás lo habría admitido en voz alta, pero aquello fue su primer respiro en mucho tiempo.
Sin aquel desastre que Eduardo provocó en Andrew, nunca habría encontrado una solución para su hermano.
Pero allí estaba la prueba de que no hay mal que por bien no venga.
Aquel día, por primera vez en meses, la casa de su padre amaneció en silencio. Sarah salió de allí feliz camino a casa de su suegra Isolde para celebrar la comida familiar que habían organizado.
La amistad con Alicia había nacido casi por accidente.
Alicia, recién llegada al pueblo, joven farmacéutica e hija de comerciantes, había abierto una pequeña botica al lado de la casa de Sarah. Era imposible no cruzarse con ella, y más imposible aún ignorar su mirada inquisitiva.
La primera vez que Alicia la detuvo, Sarah recordaba haber sentido vergüenza. Llevaba las ojeras marcadas, las manos frías y un temblor leve que no conseguía controlar desde hacía semanas.
—Perdóneme, señora… —se atrevió a decirle Alicia, lenta, atenta—. ¿Ha pasado usted mala noche?
—Estoy bien —mintió Sarah.
—No lo está. Lo veo a diario...Esto… —Alicia guardó silencio un segundo, como si escogiera con cuidado sus palabras—. Esto no es una enfermedad, es agotamiento nervioso.
Sarah sintió que alguien por fin le ponía nombre a lo que llevaba meses arrastrando. Era un cansancio tan profundo que ni dormir lo borraba. Era… vivir apagada.
Alicia la invitó a pasar a la botica. El lugar olía a menta, alcanfor y flores secas.
Allí, entre frascos de vidrio y plantas colgadas del techo, le ofreció un tónico reconstituyente de valeriana, melisa y un toque de quinina, “para levantar el ánimo y afianzar el sueño natural”, según explicó.
Y, sin saber cómo, Sarah se encontró volviendo día tras día. A veces por un remedio, a veces solo por la conversación. Alicia la escuchaba como nadie lo había hecho antes. No la juzgaba. No la empujaba. Solo estaba ahí. Y para Sarah, eso era curación.
Con ella recuperó fuerzas… y también volvió a reír.
Un síntoma que Frederick celebró a su manera sin saber quién había hecho curar a Sarah y hacer que volviera el color a su piel. Regresó contento a la oficina, y Peter también lo hizo, tranquilizado de verla por fin de pie, bien, con color en las mejillas y luz en los ojos. Se marchó a la ciudad con Clarisse sin rastro de preocupación alguna.
Por primera vez, todos respiraban.
Y nadie sabía que la sanación de Sarah tenía nombre de mujer: Alicia.