sábado, 20 de diciembre de 2025

El deseo entre las olas. Capítulo 20

La mejoría de Sarah había llegado de la mano de alguien a la que nadie en su familia conocían. Durante cinco meses, la casa de su padre había sido un purgatorio: Andrew, arrastrado por su propia melancolía, había caído en la bebida acompañando a Eduardo, y la responsabilidad pesaba sobre ella como una losa. Pero los padres de Andrew, alarmados, movieron cielo y tierra, y por fin tomaron una decisión firme: enviarlo a un centro de desintoxicación lejos del pueblo. A cambio, ofrecieron llevar también al hermano de Sarah para que no volviera a arrastrar con él a su hijo.

Sarah jamás lo habría admitido en voz alta, pero aquello fue su primer respiro en mucho tiempo.
Sin aquel desastre que Eduardo provocó en Andrew, nunca habría encontrado una solución para su hermano.
Pero allí estaba la prueba de que no hay mal que por bien no venga.

Aquel día, por primera vez en meses, la casa de su padre amaneció en silencio. Sarah salió de allí feliz camino a casa de su suegra Isolde para celebrar la comida familiar que habían organizado.

La amistad con Alicia había nacido casi por accidente.
Alicia, recién llegada al pueblo, joven farmacéutica e hija de comerciantes, había abierto una pequeña botica al lado de la casa de Sarah. Era imposible no cruzarse con ella, y más imposible aún ignorar su mirada inquisitiva.

La primera vez que Alicia la detuvo, Sarah recordaba haber sentido vergüenza. Llevaba las ojeras marcadas, las manos frías y un temblor leve que no conseguía controlar desde hacía semanas.

—Perdóneme, señora… —se atrevió a decirle Alicia, lenta, atenta—. ¿Ha pasado usted mala noche?
—Estoy bien —mintió Sarah.
—No lo está. Lo veo a diario...Esto… —Alicia guardó silencio un segundo, como si escogiera con cuidado sus palabras—. Esto no es una enfermedad, es agotamiento nervioso. 

Sarah sintió que alguien por fin le ponía nombre a lo que llevaba meses arrastrando. Era un cansancio tan profundo que ni dormir lo borraba. Era… vivir apagada.

Alicia la invitó a pasar a la botica. El lugar olía a menta, alcanfor y flores secas.
Allí, entre frascos de vidrio y plantas colgadas del techo, le ofreció un tónico reconstituyente de valeriana, melisa y un toque de quinina, “para levantar el ánimo y afianzar el sueño natural”, según explicó.

Y, sin saber cómo, Sarah se encontró volviendo día tras día. A veces por un remedio, a veces solo por la conversación. Alicia la escuchaba como nadie lo había hecho antes. No la juzgaba. No la empujaba. Solo estaba ahí. Y para Sarah, eso era curación.

Con ella recuperó fuerzas… y también volvió a reír.
Un síntoma que Frederick celebró a su manera sin saber quién había hecho curar a Sarah y hacer que volviera el color a su piel. Regresó contento a la oficina, y Peter también lo hizo, tranquilizado de verla por fin de pie, bien, con color en las mejillas y luz en los ojos. Se marchó a la ciudad con Clarisse sin rastro de preocupación alguna.

Por primera vez, todos respiraban.

Y nadie sabía que la sanación de Sarah tenía nombre de mujer: Alicia.

jueves, 11 de diciembre de 2025

Robe, te la robé

Todos sabemos que una utopía es algo imposible pero con un matiz muy importante: es imposible en ese momento, en el momento de su planificación. Alguien tiene un plan para salvar el mundo? pues cuanto más difícil es el plan, más orgulloso estarás de él porque en el fracaso tendrás también la gloria.

te quiero

"Si hago cosas por ti, no es para que me quieras, sino para que sepas que te quiero."
Mario Benedetti

sábado, 15 de noviembre de 2025

El deseo entre las olas. Capitulo 19

La familia Alvarado por fin había logrado reunirse para una buena comilona. Les había costado horrores ponerse de acuerdo: cada uno de los hombres de la casa había hecho malabares para esquivar compromisos. 
La mesa estaba llena de risas y luz.
Por primera vez en semanas, Sarah comía con verdadero apetito. Probaba cada plato con una sonrisa suave, como si redescubriera sabores olvidados.
Frederick la miraba con alivio, con ternura.
—Así me gusta verte —murmuró, tomando su mano.
Ella respondió con una sonrisa cortés, sin mirarlo demasiado tiempo.

Peter, sentado frente a ellos, apenas probó bocado. Observaba en silencio, notando detalles que los demás pasaban por alto: la manera en que Sarah se veía, el modo en que apartaba el vino con un gesto leve.
Clarisse, junto a él, hablaba animadamente con Isabella, pero Peter apenas oía las palabras. Todo el aire parecía cargado de algo que solo él sentía.

La señora Isolde intervino con voz práctica:
—Sarah, querida, te quedarás conmigo unos días. Aquí estarás mejor cuidada, y Frederick podrá atender sus asuntos sin preocuparse.
Sarah dudó, pero Frederick asintió con alivio.
—Sí, será lo mejor. —Y añadió, con un brillo nuevo en los ojos—. Mañana por fin descansarás en casa, conmigo.

Sarah solo bajó la mirada.

Aquella noche, la casa de los Alvarado dormía.
Peter estaba despierto, recostado en un sillón junto a la ventana, con un cigarro encendido entre los dedos. Hacía mucho tiempo que no venían al pueblo y la comida familiar fue la excusa perfecta para venir en la dirección que él deseaba y complacer también los deseos de viaje de Clarisse. Necesitaba salir de esa oficina y descansar unos días en casa de sus padres.

El reloj marcaba las dos cuando oyó pasos suaves en el pasillo.
Se levantó, curioso, y vio una figura descender las escaleras: Sarah, en camisón blanco, descalza, con el cabello suelto.
La siguió sin pensar.

En la cocina, ella rebuscaba entre los cajones algo de pan o fruta.
Cuando alzó la vista, él ya estaba allí, de pie en el umbral.
—No podía dormir —murmuró ella.
—Yo tampoco —respondió él, con la voz más baja de lo que pretendía.

El silencio entre ambos se volvió un hilo tenso.
Sarah sonrió, débilmente.
—Parece que tengo hambre a todas horas —dijo, intentando aligerar el momento.
Peter se acercó un paso.
—No eres la única.

Ella lo miró, y la sonrisa se deshizo.

Él la tomó de la cintura, sin violencia, solo con una urgencia muda y la subió a la encimera de la cocina. Sarah tembló, quiso apartarse, pero cuando alzó la mirada, sus ojos ya no supieron decir “no”.



lunes, 20 de octubre de 2025

Consejo de vida

Si estas pasando por un infierno, no te pares.

El deseo entre las olas. Capitulo 19

La noche era espesa y el silencio de la casa parecía más pesado que nunca. Frederick se había quedado solo junto al fuego, con una copa a medio vaciar y el pensamiento enredado en la habitación del piso superior, donde Sarah dormía… o al menos fingía hacerlo.
Desde la boda, su salud no había hecho más que empeorar: su voz era un susurro cansado y cada intento de acercamiento terminaba en un gesto esquivo, en un "mañana, Frederick" que nunca llegaba. Él la amaba, la deseaba, recordaba cada segundo de la noche en que fue suya y, sin embargo, cada mirada suya desde entonces parecía recordarle que entre ambos se extendía un muro invisible.

Un leve golpe en la puerta interrumpió sus pensamientos.
—¿Aún despierto? —la voz de Isabella sonó suave, casi cómplice. Con la excusa de cuidar a su prima, hacía ya un mes que se había instalado en la casa.

Frederick alzó la mirada. Ella estaba allí, envuelta en una bata clara, el cabello suelto, los ojos brillantes a la luz temblorosa de las llamas.
—No podía dormir —murmuró él, con una voz que sonó más cansada de lo que pretendía.

Isabella entró sin esperar invitación. Se acercó al fuego, frotándose los brazos.
—Hace frío —susurró—. Siento tanto que te sientas solo…

Frederick apretó los puños.
—No estoy solo. Mi esposa duerme arriba.

—¿Duerme? —repitió ella, con una sonrisa ladeada—. ¿O te evita…?

Sus palabras fueron un dardo certero. Él quiso replicar, pero el aire se volvió denso y el silencio, incómodo. Isabella dio un paso más, luego otro.
—Frederick, los hombres necesitan calor —murmuró—. ¿Para qué es, si no, una esposa? A mí no me importa darte ese calor cada noche…

Hubo un instante en que ambos se quedaron quietos. Bastó ese segundo para que algo se rompiera dentro de él: la soledad, la frustración, la culpa. Isabella alzó la mano, como llevaba haciendo desde su llegada, rozó su rostro… y él no la apartó.

El fuego chisporroteó, proyectando sombras sobre las paredes. Cuando ella apoyó la mano en la nuca de él, Frederick cerró los ojos, sintiendo el peso insoportable de su propio error. No era deseo lo que lo movía, sino el vacío… y un instinto animal.
Un vacío que Isabella confundía con victoria.

Cuando el reloj marcó la medianoche, Isabella se incorporó lentamente.
—No te preocupes —susurró con una media sonrisa—. Regreso a mi alcoba; nadie me verá.

Frederick no respondió. Se quedó mirando las brasas extinguirse, con la conciencia ardiendo.
Arriba, en la habitación, Sarah se removió en sueños, ajena a la traición: sus labios se movieron entre susurros, pronunciando un nombre que soñaba… Peter.

El deseo entre las olas. Capitulo 18

La luz del mediodía entraba a raudales por los ventanales del salón, reflejándose en los jarrones de porcelana y los candelabros dorados. Clarisse giraba frente al espejo, observándose con detenimiento el cuello, donde un collar de perlas descansaba con estudiada elegancia.

—¿Que opinas de este, Peter? —preguntó sin mirarlo, mientras ajustaba un mechón rebelde.

Peter levantó la vista de los papeles que tenía sobre el escritorio.
—Es perfecto —respondió con calma, sin convicción.

Clarisse sonrió apenas, sabiendo que él no la observaba realmente.
—Perfecto —repitió, y se acercó a la ventana—. Los invitados vendrán esta noche. Espero que no llegues tarde otra vez.

Peter asintió, mecánicamente. Había aprendido a responder sin discutir, como quien se protege de una corriente fría. Clarisse, con su belleza impecable y su voz calculada, era la esposa ideal a ojos de todos. Solo él conocía el vacío que llenaba esa perfección.

En la esquina del salón, un piano permanecía cerrado, cubierto por una ligera capa de polvo. Clarisse ya no lo tocaba; hacía tiempo que la música había dejado de interesarle.

—¿Has pensado en el viaje? —preguntó ella, sirviéndose una copa de vino blanco—. Dicen que las aguas son buenas para los nervios… y últimamente pareces más cansado que de costumbre.

Peter la observó por un momento. Los nervios, pensó. Si ella supiera.
Desde que había recibido la carta de la señora Isolde acerca de la delicada salud de la mujer de Frederick no había vuelto a dormir con tranquilidad. No se atrevía a preguntar más, pero las palabra "enfermedad” y el temor lo perseguían.

—Podríamos ir en primavera —respondió al fin, intentando sonar indiferente.

Clarisse alzó una ceja.
—¿En primavera? Para entonces ya estaré ocupada con la temporada. Sabes que necesito estar en Londres.

El silencio cayó entre ambos. Peter apartó la vista hacia el ventanal, donde el cielo comenzaba a cubrirse de nubes. Algo en su pecho se contrajo sin motivo aparente, como si una corriente le advirtiera que en algún lugar, lejos de allí, algo estaba por cambiar.

Clarisse dejó la copa en la mesa y se acercó a él, posando la mano sobre su hombro.
—No pienses tanto, querido —susurró—. Las preocupaciones no te sientan bien.

Peter sonrió levemente, sin levantar la mirada.
Y mientras ella hablaba de fiestas y compromisos, él sintió, sin saber por qué, el eco de un nombre que no pronunciaba hacía meses: Sarah.