domingo, 15 de junio de 2025

El deseo entre las olas. Capitulo 4

IV.

—¡Andrew! Pero qué susto nos has dado —dijo Sarah, llevándose la mano al pecho.

—Perdonen… no sabía que las maderas crujían tanto. A mí es que me gusta comer, y todo esto me delata —respondió él, sonriendo con aire culpable mientras se rascaba la cabeza.

Andrew conocía a Peter desde el colegio; habían estudiado juntos. Era un chico joven, moreno y de constitución robusta. Sus padres adoptivos, incapaces de tener hijos propios, lo habían traído desde America del sur, fruto —según las malas lenguas— de un idilio entre su padre y una mujer indígena durante uno de sus viajes en barco al extranjero.

El señor Alejandro lo trajo a España siendo aún un bebé, y Teresa, su esposa, una mujer dulce y amable, lo crió como si fuera suyo. Siempre habían estado pendientes de Sarah y, en numerosas ocasiones, la habían invitado a comer con su padre. En la casa de Alejandro y Teresa, tanto Sarah como su padre encontraban algo parecido al calor de un hogar verdadero.

Andrew era un chico solitario. Pese a su carácter tranquilo, la mayoría se alejaba de él por el simple hecho de ser moreno, como si el color de su piel fuera contagioso. Y aunque sus padres intentaron concertar matrimonios con familias bien posicionadas, todas rechazaban la idea de tener descendencia que no compartiera su tono de piel.

Para Sarah, Andrew era como un hermano pequeño. Lo había criado casi sin darse cuenta, pues pasó gran parte de su infancia en casa de Teresa. La muerte prematura de la madre de Sarah la había dejado muy sola, y su padre, siempre trabajando, apenas tenía tiempo para ella. Así que jugar y cuidar de Andrew fue una forma de llenar ese vacío, y al mismo tiempo, de ofrecer agradecimiento a la mujer que tanto la había acogido.

Ahora, sin decirlo en voz alta, ambos se veían reflejados el uno en el otro: él, un joven juzgado por su piel; ella, una viuda arruinada, ignorada por su entorno. Los dos, a su manera, aprendían a resistir las etiquetas de un mundo ciego al corazón.

Andrew no pudo evitar sorprenderse al ver a Peter hablando con Sarah. Desde su rincón, había alcanzado a escuchar algo de la conversación, y le pareció atrevida, incluso osada, la forma en que Peter se dirigía a ella. Sobre todo porque Andrew sabía bien que hacía dos años que Peter estaba comprometido con la hija del notario.

miércoles, 11 de junio de 2025

El deseo entre las olas. Capítulo 3

Desde aquel día, Peter empezó a visitar la casa ruinosa de Sarah. La ayudaba con reparaciones, traía madera y pan, y hablaban durante horas bajo un techo que crujía más de la cuenta. Ella, entre clavos, pintura y risas, volvió a sonreír, aunque con esa cautela suave y digna de quien ha sobrevivido a demasiadas pérdidas.


Peter no preguntaba demasiado, pero escuchaba como si cada palabra suya —incluso las más triviales— merecieran. A veces la observaba en silencio mientras ella hablaba del color que quería para las cortinas o del nombre del gato del vecino. Pero no era distracción: era deseo contenido, era fascinación. Había algo en su voz, en sus manos manchadas de pintura, en la forma en que se recogía el pelo sin darse cuenta, que le resultaba irresistible.


Él no lo habría podido explicar, pero estar cerca de Sarah lo ponía tenso de una forma dulce. Como si todo su cuerpo se esforzara por no delatar lo que ya sabía su alma: que la deseaba, no como a un capricho de juventud, sino como se desea lo que se respeta y se admira.


Una tarde, mientras el sol ponía oro en las tejas agrietadas, Peter se mostró distinto.


—¿Se ha planteado alguna vez… rehacer su vida? —preguntó sin mirarla, como si temiera que el contacto visual lo traicionara.


Sarah se giró hacia él, sorprendida por el tono más que por la pregunta.


—Joven...soy una mujer en todos los sentidos en ruinas.


Peter la miró por fin, y en su mirada había un calor inesperado. Como si en esas ruinas él viera algo más.


—Hay ruinas que no necesitan restauración —dijo, casi en un susurro—. Solo alguien que sepa vivir dentro de ellas.


Ella lo miró con unos ojos diferentes que despiertan las cosas que podrían cambiarlo todo.


—¿Qué podría ver alguien en estas ruinas, Peter? —preguntó, sin apartar la vista esta vez.


Él tragó saliva…


Un golpe seco interrumpió el momento. Ambos giraron la cabeza al mismo tiempo.

martes, 3 de junio de 2025

El deseo entre las olas. Capitulo 2

Seducida por aquellos ojos brillantes y carnosos labios que la miraban divertidos Sarah respondió sorprendida:

—Gracias, joven… — tomando la flor con delicadeza, como si sus manos no supiesen recibir un gesto amable— Lamento mucho aturdir tu paseo con mi llanto en esta soleada mañana, en medio de este jardín precioso al cual has venido a despejarte.

—No se lamente — respondió el muy seguro - llorar es necesario, es natural, uno puede llorar y reir donde quiera, desahogarse entre arboles es terapéutico y sanador, usted no lo sabía?- Pausó con un breve silencio mientras ella miraba la flor- No quisiera entrometerme, no responda si no lo considera, pero que le causa tanta pena?

-He perdido todo lo que una mujer puede perder sin morirse en el intento.

Peter no dijo nada, pero dejó que el silencio hiciera espacio para la continuar. Ella respiró hondo, como si por fin le hubieran dado permiso para hablar.

—He perdido la fortuna, mi casa se desmorona, las bisagras crujen y no me llegan las manos para cambiar los cubos de agua de las goteras, mi anciano padre esta perdiendo la vista, necesitado de cuidados y yo, para desgracia, soy mujer. No puedo trabajar como querría donde una mujer viuda en esta sociedad por tal escándalo es una vergüenza en cualquier lugar.

Hizo una pausa, secándose una lágrima y continuó...

—Viuda de un hombre, oficialmente caído en combate. Extraoficialmente, los susurros entre las tazas de té de la alta sociedad apuntan a una pasión incontrolable surgida en las trincheras con un marinero ruso, y a que la guerra le vino de perlas para fugarse con la mejor de las coartadas: morirse.

Peter bajó la vista, como si esa historia pesara más de lo esperado.
Ella bajó la mirada hacia la flor, que ahora giraba entre sus dedos.

—Así que… gracias por esta flor. Puede parecer poca cosa, pero hoy es lo único vivo que puede dar color a mi hogar.

Peter se aclaró la garganta, visiblemente incómodo por tanto drama ajeno, pero también conmovido.

—Puedo traerle más flores… y pan. Puedo ayudarle con los clavos y la pintura en su casa si quiere.
—¿También sabe curar padres y limpiar el nombre de mujeres arruinadas? —preguntó ella, con una ceja en alto.
—No —admitió él—. Pero sé arreglar bisagras y cargar cubos de agua. Para empezar 😌

El deseo entre las olas. Capítulo 1

Corría el año 1916. En un parque donde las hojas caían con la solemnidad del otoño, se sentaba, con la dignidad herida, la reciente viuda señora Sarah O'Brian. Aunque sus treinta y tantos años y largos le daban una compostura elegante, en aquel banco de hierro forjado se deshacía en lágrimas contenidas.

Su marido, el señor O'Brian, había fallecido hacía poco más de un año, 'caído heroicamente en el frente por una causa que, francamente, a nadie le quedó muy clara'... excepto quizás si al misterioso marinero ruso que le escribía las cartas que se encontraron entre sus pertenencias y que firmaba simplemente con un asterisco.

Sarah vivía en una casa burguesa costera tan ruinosa como su ánimo, acompañada únicamente por "Gato" y su anciano padre, un antiguo hombre de letras casi ciego que pasaba los días hablando con los retratos descoloridos de mejores tiempos. Familia venida a menos, sus únicos bienes eran la educación y la dignidad.

Fue allí, en el parque, donde se cruzó con él. Un joven veinteañero de mirada viva, sonrisa torcida y elegante sombrero. Se llamaba Peter, y con esa mezcla de descaro e inocencia, le ofreció una flor arrancada de algún jardín ajeno.

—¿Una flor para la señora más melancólica del condado? —dijo, con una reverencia medio improvisada.