sábado, 30 de agosto de 2025

El deseo entre las olas. Capitulo 10

La casa estaba iluminada tenuemente cuando Frederick llegó. El carruaje se alejó por el camino de grava y él entró quitándose los guantes, todavía con la emoción del baile palpitándole en las manos.

En el salón, la chimenea lanzaba destellos dorados que dibujaban sombras en las paredes. Su madre, Doña Isolde, estaba sentada en un sillón alto, con el porte de quien ha visto demasiado mundo para impresionarse. A su lado, el abuelo dormitaba, aunque sus dedos tamborileaban sobre el bastón, señal de que escuchaba a medias.

En un rincón de la sala, sentado en un banco bajo la ventana y con el cuerpo apoyado contra la pared, un joven leía absorto, como si el resto del mundo no existiera.

—¿Qué tal el baile? —preguntó Isolde, dejando la costura sobre su regazo—. ¿Alguna moza que merezca la pena?

Frederick sonrió con una calidez inusual en él.

—Sí… —dijo con voz suave—. Sí, madre. La hubo.

Los ojos de Isolde se entrecerraron con un brillo curioso.

—¿Ah, sí? ¿Y quién es esa que ha conseguido que vuelvas a casa con esa cara de muchacho enamorado?

Frederick avanzó hacia la chimenea y dejó los guantes sobre la repisa. Miró el fuego un instante antes de responder.

—Su nombre es Sarah. —Pronunció cada sílaba como si la saboreara—. Es... especial. Inteligente, reservada… y con una elegancia sencilla imposible de imitar.

Isolde arqueó las cejas, pero no interrumpió. Frederick prosiguió:

—Es viuda —añadió, con un tono que parecía querer protegerla incluso en su ausencia—. No hace mucho perdió a su esposo. Pero se le nota la fuerza… la dignidad. Como si llevara el dolor de la manera más discreta posible.

La madre apretó los labios.

—¿Viuda, dices? —preguntó, sin ocultar el leve tinte de desaprobación—. Ya sabes que nunca me gustó la idea de que os mezclarais con mujeres marcadas por... un pasado.

Frederick se volvió hacia ella, sin perder la calma.

—Madre… Nadie está libre de pasado. Ni siquiera yo.

Isolde hizo un leve gesto, como quien recuerda algo incómodo.

—Solo espero que no sea otra equivocación —dijo, con una mirada significativa que evocaba fantasmas antiguos—. Como aquella mujer que, por suerte, desapareció de tu vida sin avisar.

Frederick bajó un poco la mirada, pero no perdió su tono ilusionado.

—Sarah no es como ella. No hay artificio, ni ambición, ni… esa prisa por atraparme que tenía la otra. Con Sarah siento… que puedo volver a empezar.

Doña Isolde suspiró, resignada.

—¿Tanto te ha impresionado en un solo baile?

Frederick sonrió.

—Más que nadie en toda mi vida.

El silencio volvió a llenar el salón. El fuego crepitó suavemente. El muchacho silencioso del banco siguió leyendo sin interesarse ni levantar la vista.

Frederick se inclinó para besar la mano de su madre y hacer una ligera reverencia al abuelo. Luego salió por la puerta, dejando atrás la tibia luz de la chimenea.

Doña Isolde lo siguió con la mirada un instante, y entonces se volvió hacia el joven que seguía leyendo junto a la ventana.

—¿Y a ti qué tal te fue en el baile, Peter?

El joven levantó lentamente los ojos del libro. La llama de la chimenea iluminó su rostro, revelando la verdad que nadie esperaba.

-Muy bien madre.


El deseo entre las olas. Capitulo 10

El Baile de la Temporada

La invitación llegó en una bandeja de plata, traída por la prima mayor de Sarah, Catalina, una mujer que nada tenía que ver con su hermana Isabella. Tenía un porte elegante, pero su sonrisa no escondía veneno. Al contrario, había en ella una calidez sincera que tranquilizaba. 

Catalina llevaba muchos años casada con Esteban de Villareal, un comerciante próspero dedicado a las rutas marítimas entre Cádiz y las Antillas. Su matrimonio era sólido, respetuoso y, según los rumores, más basado en la amistad y el cariño tranquilo que en la pasión. Tenían dos hijos pequeños, a quienes adoraban, y vivían en una hermosa finca cerca de la costa gaditana.

—Querida —dijo Catalina, sentándose junto a Sarah—, debes venir al baile de la temporada. No se trata solo de música y vestidos. Es… una oportunidad. Muchas mujeres viudas como tú han encontrado ahí un segundo comienzo.

Sarah arqueó una ceja, divertida y sorprendida.

—¿Quieres que vaya a buscar marido?

—Quiero que vayas a buscar vida —respondió Catalina, con dulzura firme—. No puedes seguir pintando sillas y fingiendo que eso es suficiente.

Sarah sonrió apenas. Era cierto que la idea le generaba curiosidad, pero no quería reconocerlo. Catalina la abrazó antes de irse, dejando una sensación de apoyo genuino, tan distinta a la tensión que Isabella solía dejar a su paso.

La casa solariega donde se celebraba el baile estaba decorada con hermosas flores frescas. Había carruajes en la entrada, perfumes flotando en el aire y risas que parecían de otra época. Sarah, con un vestido marfil que Catalina le había prestado, se sintió distinta, casi… parte de algo nuevo.

Apenas cruzó la entrada, sus ojos buscaron a Peter. Lo encontró en la galería, inclinado hacia Isabella, que reía con esa risa ensayada que parecía salir de un escenario. Sarah respiró hondo, tratando de ignorar la punzada en su pecho.

Fue entonces cuando lo sintió: una mirada fija desde lejos.

Un hombre elegante, de porte impecable, se encontraba apoyado en una columna. No hacía nada, no decía nada… solo la observaba, como si estudiara cada gesto, cada paso, con la calma de quien espera el momento exacto para acercarse. Y cuando Sarah desvió la mirada, él sonrió apenas, como quien acaba de obtener una respuesta silenciosa.

Mientras la orquesta comenzaba a tocar un nuevo vals, Sarah charlaba con Catalina de lo bello que parecía el evento.

El caballero de la columna se adelantó entre la multitud. Se detuvo frente a ella, inclinándose con una cortesía que parecía de otra época.

—Perdone, señorita… ¿me concede este baile? —dijo con voz grave y segura.

Sarah lo miró, un poco desconcertada pero fascinada. Catalina asintio animandola como si lo conociera. Él sostuvo su mirada un segundo más de lo necesario en Sarah.

—Me llamo Frederick —añadió, con una ligera reverencia—. Y sería un honor bailar con usted.

Mientras giraban en la pista, Frederick habló apenas, pero algo en él la hacia recordar gratas sensaciones y cada palabra que decía parecía cargada de intención.

—Debo confesarle...te.. que te observaba desde hace un buen rato —admitió—. Parecías… diferente a las demás. Como si no quisieras estar aquí y, sin embargo, iluminaras la sala sin darte cuenta.

Sarah sintió el rubor subiéndole a las mejillas. No estaba acostumbrada a halagos así, mucho menos de un extraño tan directo.

—¿Sueles decir eso a todas las que invitas a bailar? —preguntó, con una mezcla de ironía y timidez.

Frederick sonrió, bajando la voz.

—No. Solo a las que me hacen olvidar por un instante que hay gente alrededor.

Desde la pista, Sarah alcanzó a ver cómo Peter tomaba la mano de Isabella para llevarla a la terraza. Reían, brindaban, parecían disfrutar de una complicidad que le dolía como una astilla clavada en el pecho.

Frederick siguió su mirada, pero no dijo nada. Solo apretó suavemente su mano y la guió por la pista como si quisiera recordarle que esa noche era suya.

Al terminar la música, Catalina apareció sonriente.

—¡Qué bien bailaste, querida! —exclamó, tomando a Sarah del brazo—. ¿Ves? Tenía razón. Nunca se sabe cuándo una nueva historia puede empezar. Frederick es un hombre muy atractivo, un hombre respetable muy buen amigo de mi esposo. Esteban lo aprecia mucho es un hombre de palabra. Nunca se ha casado...o bueno, casi. Hace años estuvo prometido, ella era mayor que él, mucho mayor. Iba a anunciar su compromiso en un baile, como este… pero dos semanas antes de la fecha, ella desapareció.

Sarah se sorprendió, no se lo esperaba pero su mente estaba dividida entre la calidez de Frederick y la imagen de Peter e Isabella riendo juntos al fondo del salón.

Mientras tanto, en la terraza, Isabella le decía a Peter:

—¿Sabías que Frederick parece interesado en Sarah? —preguntó con voz suave, pero cargada de intención—. Sería curioso que se enamoraran, ¿no crees?

Peter no respondió nada. Solo apretó la copa con fuerza.

Y la música volvió a empezar… pero ya nada sonaba igual.

miércoles, 27 de agosto de 2025

El deseo entre las olas. Capitulo 9

Sarah no esperaba encontrar a nadie en la tienda de tejidos aquella tarde, mucho menos a una mujer pelirroja envuelta en un vestido vaporoso, con la seguridad de quien entra como si la estuvieran esperando. Y mucho menos esperaba que esa mujer girara la cabeza, sonriera como una postal de verano, y dijera con voz melosa:

—Sarah... ¡pero qué sorpresa!

Sarah tardó unos segundos en procesarlo. El acento, los ojos de gata, los labios carnosos. No podía ser.

—¿Isabella?

La pelirroja abrió los brazos, exageradamente.

—¡Tu prima Isabella! ¿No me reconoces? Ay, claro, yo he cambiado, ya no soy la niña que se comía los botones de nácar de la abuela.

—Y que le cortó el pelo al gato —murmuró Sarah, todavía atónita.

—Un accidenteeee —sonrió Isabella, con una teatralidad que haría palidecer a las actrices de época.

Sarah era 15 años mayor que Isabella, la había tratado muy poco. Sus familias no eran muy arrimadas pero siempre le dió la sensación de que Isabella era de una pasta muy distinta a ella. A pesar de ser más pequeña que Sarah siempre quiso arrebatar todo el cariño de su abuela para ella inventándose cosas falsas sobre Sarah para difamarla.

Detrás de ella apareció la tía Elvira, aún con el cabello recogido en un moño imperial y mirada de escáner.

—Querida —dijo, con un beso al aire a cinco centímetros de su mejilla—. Hemos venido de Donosti por unos días. Peter fue tan amable de invitarnos.

Ahí. En esa frase. Ahí se le heló el corazón a Sarah.

—¿Peter... os invitó?

—Bueno —dijo Isabella con una sonrisa que podría haberse servido con cuchillo y tenedor—, nos cruzamos en una exposición en Madrid hace dos semanas. ¡Tan encantador como siempre! Desde entonces no hemos parado de hablar y me escribió para vernos. Nos conocemos desde el colegio, hemos estudiado juntos. Me sorprendió mucho cuando me dijo que te conocía porque claramente con la de años que le llevas no se en que circulo social os habreis conocido, es algo que no me aclaro...tampoco entiendo vuestra amistad, no viene a cuento que una viuda deje entrar en su casa a un hombre joven, en edad casamentera. Peter tiene que salir, socializar, no meterse a arreglar las ruinas de nadie Sarah. Estos días han sido maravillosos me ha enseñado tanto... sobre este pueblo, sobre la gente...

Sarah tragó saliva. A la vista del resto, parecía una reacción alérgica al polen. Pero por dentro, era el equivalente emocional a ser atropellada por un carruaje dorado y tirado por caballos con mechas rubias.

—Oh, Sarah —continuó Isabella, como quien deja caer una bomba —, deberíamos hacer algo juntas. ¡Como en los viejos tiempos! Aunque claro... yo ahora tengo muy poco tiempo libre, entre los paseos con Peter, las lecturas, las visitas al jardín botánico...

Sarah sintió que estaba a punto de arrancar una cortina y envolverle la cabeza con ella.

—Qué bien que estés aquí —logró decir, con voz casi humana—. Seguro que... va a ser... interesante.

La sonrisa de Isabella se estiró un milímetro más, como si ya hubiese ganado algo que nadie sabía que estaba en juego.

Y fue en ese momento, al girarse para irse, que Isabella soltó la frase más inocente del universo, con la naturalidad de quien habla del clima:

—Ah, por cierto... Peter y yo siempre nos llevamos de maravilla. Nos encanta ir a la playa, caminar durante horas, hablar de todo... Nos entendemos tan bien. A veces hasta olvido que acabo de llegar. Es como si siempre hubiera estado aquí.

Y madre e hija se despidieron de Sarah y desaparecieron entre las cortinas de lino, como una aparición que deja a su paso un aroma entre jazmín y pólvora.