Sarah lo notó desde la puerta. La forma en que Andrew dejó el cesto sobre la mesa, sin decir una palabra. La manera en que Peter recogió los guantes de trabajo sin mirarlo. Y ese silencio que no era incómodo, sino demasiado ensayado. Como si ambos llevaran días diciéndose cosas sin hablar.
—¿Ocurre algo? —preguntó ella, sirviendo té sin pedir permiso.
—Nada —dijeron los dos al mismo tiempo.
Andrew se sentó junto a la chimenea, pero no tomó el té. Miraba las llamas como si esperara que le contestaran algo. Peter se mantuvo de pie, removiendo el te para disolver el azúcar
Sarah carraspeó.
—Andrew, ¿que tal tu madre?
—Sí. Estaba preguntando por ti. Te echamos de menos el otro domingo. Preparó cordero. Como te gusta.
—He tenido días... complicados —respondió ella, y miró de reojo a Peter—. Y bastantes reparaciones.
Andrew no dijo nada, pero sus ojos lo dijeron todo. Peter los sintió, como un clavo frío detrás de la nuca.
—¿Te vas a quedar mucho más por aquí, Peter? —preguntó Andrew con voz neutra, sin ironía, pero con filo.
—El tiempo que haga falta —respondió Peter, sin mirarlo.
Sarah sintió la atmósfera volverse más densa que el humo de la chimenea. Fingió buscar algo en un cajón solo para no tener que mirar a ninguno.
—Tu padre ha vuelto, ¿no? —insistió Andrew, girándose por fin hacia Peter—. Me pareció verlo llegar esta mañana. Con la hija del notario.
Sarah se quedó inmóvil, sujetando una cuchara como si fuera de cristal.
—Sí. Llegaron anoche —admitió Peter—. Pero no hemos hablado aún.
—¿Tampoco de la boda?
—No hay boda.
—¿Seguro?
Peter respiró hondo. No respondió.
Andrew sonrió con amargura y se levantó despacio. Caminó hacia la puerta, pero antes de salir se giró hacia Sarah.
—Voy a buscar más leña. Hay un viento raro. Parece que se avecina algo.
Cuando se fue, Sarah cerró la puerta con suavidad. No preguntó. No exigió. Solo se sentó frente a Peter, con la taza entre las manos como si fuera su única defensa.
—¿Es cierto?
—¿El qué?
—Que estabas comprometido. Que aún lo estás.
Peter bajó la cabeza. Sus dedos jugaban con el borde del banco.
—No es lo que crees.
—¿Entonces qué es?
Peter la miró. No como antes, no con ternura ni timidez. La miró con el tipo de verdad que solo se usa cuando todo puede romperse.
—Es algo que intentaron imponerme. Que yo nunca quise. Pero que quizás… me alcancé a resignar a aceptar.
Sarah no respondió. En sus ojos no había reproche, pero sí un cansancio antiguo. Un “ya lo he vivido”, un “otra vez no”.
—No vine a mentirte, Sarah.
—No, viniste a reparar mi casa. Y lo estás haciendo tan bien que ya no sé si me está gustando demasiado.
El silencio volvió, pero esta vez cargado de preguntas sin respuesta.
Entonces, como si la escena no pudiera contener más tensión, un golpe seco vino del pasillo. Sarah se levantó de golpe.
—¡Padre! —exclamó.
Ambos corrieron hacia la habitación del anciano. Lo encontraron en el suelo, entre mantas caídas y un libro abierto. Murmuraba algo entre dientes. Peter se agachó para ayudarlo, pero Andrew ya estaba entrando por la puerta, empapado de lluvia, con una rama en la mano.
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