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martes, 1 de julio de 2025

El deseo entre las olas. Capitulo 5.

V.


Peter no estaba de acuerdo con aquella unión, pero apenas podía discutirlo con su padre. El señor Joseph se encontraba casi siempre fuera del país, atendiendo negocios, y sus conversaciones eran breves, distantes y espaciadas.


Peter salió al porche, encendió un cigarro y ahí estaba Andrew, de pie junto al banco de piedra donde tantas veces Sarah se sentaba a pelar manzanas. El moreno del joven contrastaba con la luz pálida del atardecer. Llevaba aún en la mano un cesto con leña y algo de pan. Había llegado sin hacer ruido, como solía.


—Andrew… —dijo Peter, ladeando la cabeza con una sonrisa tensa—. Qué entrada más oportuna.


—Disculpa si interrumpí algo —respondió Andrew, sin devolver la sonrisa—. No sabía que estabas aquí. Sarah me pidió que trajera unas cosas para su padre.


Se miraron unos segundos. Ni un paso atrás, ni uno adelante. El silencio entre ambos pesaba, pero se sostenía bajo el barniz de la educación.


—¿Así que ayudas por aquí? —preguntó Peter, dando un paso hacia él.


—Cuando puedo —contestó Andrew—. Como he hecho siempre.


Peter asintió despacio, como si no supiera si aquello era una afirmación o una advertencia. Sus ojos se fijaron por un momento en el interior de la casa, donde aún flotaba el eco de la última frase que Sarah le había dicho.


—Qué bien —dijo Peter finalmente—. Sarah debe de agradecer tenerte cerca.


Andrew clavó la mirada en él, esta vez con algo más que cortesía.


—Sí, me tiene cerca desde que tengo uso de razón. Es como de la familia.


Peter le miró interesado


—¿Solo como de la familia?


Andrew no respondió de inmediato. Se limitó a apoyar el cesto en el suelo con más fuerza de la necesaria, pero sin brusquedad. Luego lo miró con frialdad serena, como quien mide sus palabras con cuidado.


—Eso depende de a quién le preguntes. Tú, por ejemplo… ¿cómo la ves tú?


Peter desvió la mirada hacia el mar, como si buscara allí una respuesta menos comprometida.


—Yo la veo como alguien… que merece algo mejor de lo que ha tenido.


Andrew sonrió, esta vez sin calidez.


—Entonces ten cuidado, Peter. Porque a veces lo que uno cree merecer y lo que uno está dispuesto a dar no siempre coinciden.


Una ráfaga de viento les revolvió el cabello a los dos. Ninguno se movió.


Desde el interior, la voz de Sarah llamó a Andrew. Él se giró, tomó el cesto y, antes de entrar, añadió sin volverse:


—Bienvenido a las ruinas.


Peter se quedó solo en el porche, con la sensación incómoda de que alguien había dicho algo con interpretación… aunque no supiera exactamente qué.