jueves, 11 de diciembre de 2025

Robe, te la robé

Todos sabemos que una utopía es algo imposible pero con un matiz muy importante: es imposible en ese momento, en el momento de su planificación. Alguien tiene un plan para salvar el mundo? pues cuanto más difícil es el plan, más orgulloso estarás de él porque en el fracaso tendrás también la gloria.

te quiero

"Si hago cosas por ti, no es para que me quieras, sino para que sepas que te quiero."
Mario Benedetti

sábado, 15 de noviembre de 2025

El deseo entre las olas. Capitulo 19

La familia Alvarado por fin había logrado reunirse para una buena comilona. Les había costado horrores ponerse de acuerdo: cada uno de los hombres de la casa había hecho malabares para esquivar compromisos. 
La mesa estaba llena de risas y luz.
Por primera vez en semanas, Sarah comía con verdadero apetito. Probaba cada plato con una sonrisa suave, como si redescubriera sabores olvidados.
Frederick la miraba con alivio, con ternura.
—Así me gusta verte —murmuró, tomando su mano.
Ella respondió con una sonrisa cortés, sin mirarlo demasiado tiempo.

Peter, sentado frente a ellos, apenas probó bocado. Observaba en silencio, notando detalles que los demás pasaban por alto: la manera en que Sarah se veía, el modo en que apartaba el vino con un gesto leve.
Clarisse, junto a él, hablaba animadamente con Isabella, pero Peter apenas oía las palabras. Todo el aire parecía cargado de algo que solo él sentía.

La señora Isolde intervino con voz práctica:
—Sarah, querida, te quedarás conmigo unos días. Aquí estarás mejor cuidada, y Frederick podrá atender sus asuntos sin preocuparse.
Sarah dudó, pero Frederick asintió con alivio.
—Sí, será lo mejor. —Y añadió, con un brillo nuevo en los ojos—. Mañana por fin descansarás en casa, conmigo.

Sarah solo bajó la mirada.

Aquella noche, la casa de los Alvarado dormía.
Peter estaba despierto, recostado en un sillón junto a la ventana, con un cigarro encendido entre los dedos. Hacía mucho tiempo que no venían al pueblo y la comida familiar fue la excusa perfecta para venir en la dirección que él deseaba y complacer también los deseos de viaje de Clarisse. Necesitaba salir de esa oficina y descansar unos días en casa de sus padres.

El reloj marcaba las dos cuando oyó pasos suaves en el pasillo.
Se levantó, curioso, y vio una figura descender las escaleras: Sarah, en camisón blanco, descalza, con el cabello suelto.
La siguió sin pensar.

En la cocina, ella rebuscaba entre los cajones algo de pan o fruta.
Cuando alzó la vista, él ya estaba allí, de pie en el umbral.
—No podía dormir —murmuró ella.
—Yo tampoco —respondió él, con la voz más baja de lo que pretendía.

El silencio entre ambos se volvió un hilo tenso.
Sarah sonrió, débilmente.
—Parece que tengo hambre a todas horas —dijo, intentando aligerar el momento.
Peter se acercó un paso.
—No eres la única.

Ella lo miró, y la sonrisa se deshizo.

Él la tomó de la cintura, sin violencia, solo con una urgencia muda y la subió a la encimera de la cocina. Sarah tembló, quiso apartarse, pero cuando alzó la mirada, sus ojos ya no supieron decir “no”.



lunes, 20 de octubre de 2025

Consejo de vida

Si estas pasando por un infierno, no te pares.

El deseo entre las olas. Capitulo 19

La noche era espesa y el silencio de la casa parecía más pesado que nunca. Frederick se había quedado solo junto al fuego, con una copa a medio vaciar y el pensamiento enredado en la habitación del piso superior, donde Sarah dormía… o al menos fingía hacerlo.
Desde la boda, su salud no había hecho más que empeorar: su voz era un susurro cansado y cada intento de acercamiento terminaba en un gesto esquivo, en un "mañana, Frederick" que nunca llegaba. Él la amaba, la deseaba, recordaba cada segundo de la noche en que fue suya y, sin embargo, cada mirada suya desde entonces parecía recordarle que entre ambos se extendía un muro invisible.

Un leve golpe en la puerta interrumpió sus pensamientos.
—¿Aún despierto? —la voz de Isabella sonó suave, casi cómplice. Con la excusa de cuidar a su prima, hacía ya un mes que se había instalado en la casa.

Frederick alzó la mirada. Ella estaba allí, envuelta en una bata clara, el cabello suelto, los ojos brillantes a la luz temblorosa de las llamas.
—No podía dormir —murmuró él, con una voz que sonó más cansada de lo que pretendía.

Isabella entró sin esperar invitación. Se acercó al fuego, frotándose los brazos.
—Hace frío —susurró—. Siento tanto que te sientas solo…

Frederick apretó los puños.
—No estoy solo. Mi esposa duerme arriba.

—¿Duerme? —repitió ella, con una sonrisa ladeada—. ¿O te evita…?

Sus palabras fueron un dardo certero. Él quiso replicar, pero el aire se volvió denso y el silencio, incómodo. Isabella dio un paso más, luego otro.
—Frederick, los hombres necesitan calor —murmuró—. ¿Para qué es, si no, una esposa? A mí no me importa darte ese calor cada noche…

Hubo un instante en que ambos se quedaron quietos. Bastó ese segundo para que algo se rompiera dentro de él: la soledad, la frustración, la culpa. Isabella alzó la mano, como llevaba haciendo desde su llegada, rozó su rostro… y él no la apartó.

El fuego chisporroteó, proyectando sombras sobre las paredes. Cuando ella apoyó la mano en la nuca de él, Frederick cerró los ojos, sintiendo el peso insoportable de su propio error. No era deseo lo que lo movía, sino el vacío… y un instinto animal.
Un vacío que Isabella confundía con victoria.

Cuando el reloj marcó la medianoche, Isabella se incorporó lentamente.
—No te preocupes —susurró con una media sonrisa—. Regreso a mi alcoba; nadie me verá.

Frederick no respondió. Se quedó mirando las brasas extinguirse, con la conciencia ardiendo.
Arriba, en la habitación, Sarah se removió en sueños, ajena a la traición: sus labios se movieron entre susurros, pronunciando un nombre que soñaba… Peter.

El deseo entre las olas. Capitulo 18

La luz del mediodía entraba a raudales por los ventanales del salón, reflejándose en los jarrones de porcelana y los candelabros dorados. Clarisse giraba frente al espejo, observándose con detenimiento el cuello, donde un collar de perlas descansaba con estudiada elegancia.

—¿Que opinas de este, Peter? —preguntó sin mirarlo, mientras ajustaba un mechón rebelde.

Peter levantó la vista de los papeles que tenía sobre el escritorio.
—Es perfecto —respondió con calma, sin convicción.

Clarisse sonrió apenas, sabiendo que él no la observaba realmente.
—Perfecto —repitió, y se acercó a la ventana—. Los invitados vendrán esta noche. Espero que no llegues tarde otra vez.

Peter asintió, mecánicamente. Había aprendido a responder sin discutir, como quien se protege de una corriente fría. Clarisse, con su belleza impecable y su voz calculada, era la esposa ideal a ojos de todos. Solo él conocía el vacío que llenaba esa perfección.

En la esquina del salón, un piano permanecía cerrado, cubierto por una ligera capa de polvo. Clarisse ya no lo tocaba; hacía tiempo que la música había dejado de interesarle.

—¿Has pensado en el viaje? —preguntó ella, sirviéndose una copa de vino blanco—. Dicen que las aguas son buenas para los nervios… y últimamente pareces más cansado que de costumbre.

Peter la observó por un momento. Los nervios, pensó. Si ella supiera.
Desde que había recibido la carta de la señora Isolde acerca de la delicada salud de la mujer de Frederick no había vuelto a dormir con tranquilidad. No se atrevía a preguntar más, pero las palabra "enfermedad” y el temor lo perseguían.

—Podríamos ir en primavera —respondió al fin, intentando sonar indiferente.

Clarisse alzó una ceja.
—¿En primavera? Para entonces ya estaré ocupada con la temporada. Sabes que necesito estar en Londres.

El silencio cayó entre ambos. Peter apartó la vista hacia el ventanal, donde el cielo comenzaba a cubrirse de nubes. Algo en su pecho se contrajo sin motivo aparente, como si una corriente le advirtiera que en algún lugar, lejos de allí, algo estaba por cambiar.

Clarisse dejó la copa en la mesa y se acercó a él, posando la mano sobre su hombro.
—No pienses tanto, querido —susurró—. Las preocupaciones no te sientan bien.

Peter sonrió levemente, sin levantar la mirada.
Y mientras ella hablaba de fiestas y compromisos, él sintió, sin saber por qué, el eco de un nombre que no pronunciaba hacía meses: Sarah.

sábado, 27 de septiembre de 2025

El deseo entre las olas. Capítulo 17

Sarah regresaba del mercado con el paso cansado, una cesta en cada brazo y el rostro aún sombrío por lo que había presenciado esa mañana en la casa paterna. El forcejeo entre su padre y su hermano seguía retumbándole. Sarah podría encargarle la compra a Ana, la chica del servicio de su casa, pero hay cosas que prefería hacer ella misma y mantenerse activa.

Al llegar al portón, se detuvo unos segundos: en el porche, Isabella reía con desparpajo junto a Frederick. Las visitas de su prima eran continuas, sobretodo si Sarah se ausentaba. Fred parecía incómodo, como si intentara atenderla con cortesía, pero su mirada se desviaba con frecuencia hacia el camino, como si esperara ansioso ver aparecer a Sarah.

Y entonces la vio. Frederick interrumpió la conversación con Isabella de inmediato, bajó los escalones del porche casi corriendo y fue a su encuentro.
—Déjame ayudarte, Sarah —dijo con ternura, quitándole de las manos las pesadas cestas—. No deberías cargar tanto. Estás pálida… ¿te encuentras bien?

Sarah bajó la mirada, sintiendo el rubor subirle por el rostro. Una punzada extraña en el estómago le hizo contener el aliento un instante.
—No es nada —respondió, forzando una sonrisa—. Solo estoy cansada.

Frederick la miró con sincera preocupación, inclinándose para observarla mejor. El gesto protector con que sujetaba las cestas hablaba de un cariño profundo, de un hombre que ya la consideraba parte de su vida.

Isabella, desde el porche, observaba la escena con un nudo de celos en el pecho. Fingió alisar su falda de seda mientras mordía el labio inferior, maldiciendo en silencio. ¿Cómo no había reparado antes en Frederick? Era un hombre atento, educado, con la posición suficiente para garantizarle a una mujer todos los lujos que ella deseaba. Podría haber sido suyo, si no hubiese perdido el tiempo con Peter. Ahora le resultaba insoportable ver cómo Sarah, esa viuda sin gracia y sin ambición, acaparaba todo lo que ella anhelaba.

—Sarah, deberías cuidarte más —dijo Isabella alzando la voz, como si quisiera participar de la intimidad del momento—. ¿No lo notas, Frederick? Tiene el rostro más fino, los ojos cansados… 

Sarah se sobresaltó pues Isabella, con esa malicia tan suya, parecía haber notado algo.

Frederick frunció el ceño y pasó suavemente la mano por el brazo de Sarah.
—Si te sientes débil, llamaré al médico. No me gusta verte así.

Sarah negó con la cabeza con rapidez.
—No hace falta —respondió, un poco más brusca de lo que pretendía—. Estoy bien, de verdad.

Pero en el fondo el cansancio la abatía sin motivo y la debilidad reinaba en su cuerpo. 

Isabella, mientras tanto, sonrió con astucia. Su prima era tan torpe que ni siquiera comprendía lo que su propio cuerpo le gritaba. Y Frederick, con esa devoción ciega, era un blanco fácil: si Sarah no sabía cuidar de sí misma, tarde o temprano él acabaría buscándolo en otra. Quizás allí residiera su oportunidad.

Sarah apartó la vista, con el corazón encogido. Podía intuir las intenciones de Isabella, pero su mayor angustia no estaba allí, sino en el recuerdo de la miseria de su casa, de su padre debilitado y su hermano perdido en el alcohol. Nadie podía ayudarla en esa vergüenza; ni siquiera se permitiría hablarlo con Frederick, un hombre comprensivo y protector. Bastante había hecho él aceptando casarse con una viuda cuando la sociedad esperaba de ella un luto perpetuo.

Y sin embargo, mientras subía los escalones del porche con el brazo de Fred sosteniéndola, su visión se nubló y su cuerpo se dejó caer.