Sarah regresaba del mercado con el paso cansado, una cesta en cada brazo y el rostro aún sombrío por lo que había presenciado esa mañana en la casa paterna. El forcejeo entre su padre y su hermano seguía retumbándole. Sarah podría encargarle la compra a Ana, la chica del servicio de su casa, pero hay cosas que prefería hacer ella misma y mantenerse activa.
Al llegar al portón, se detuvo unos segundos: en el porche, Isabella reía con desparpajo junto a Frederick. Las visitas de su prima eran continuas, sobretodo si Sarah se ausentaba. Fred parecía incómodo, como si intentara atenderla con cortesía, pero su mirada se desviaba con frecuencia hacia el camino, como si esperara ansioso ver aparecer a Sarah.
Y entonces la vio. Frederick interrumpió la conversación con Isabella de inmediato, bajó los escalones del porche casi corriendo y fue a su encuentro.
—Déjame ayudarte, Sarah —dijo con ternura, quitándole de las manos las pesadas cestas—. No deberías cargar tanto. Estás pálida… ¿te encuentras bien?
Sarah bajó la mirada, sintiendo el rubor subirle por el rostro. Una punzada extraña en el estómago le hizo contener el aliento un instante.
—No es nada —respondió, forzando una sonrisa—. Solo estoy cansada.
Frederick la miró con sincera preocupación, inclinándose para observarla mejor. El gesto protector con que sujetaba las cestas hablaba de un cariño profundo, de un hombre que ya la consideraba parte de su vida.
Isabella, desde el porche, observaba la escena con un nudo de celos en el pecho. Fingió alisar su falda de seda mientras mordía el labio inferior, maldiciendo en silencio. ¿Cómo no había reparado antes en Frederick? Era un hombre atento, educado, con la posición suficiente para garantizarle a una mujer todos los lujos que ella deseaba. Podría haber sido suyo, si no hubiese perdido el tiempo con Peter. Ahora le resultaba insoportable ver cómo Sarah, esa viuda sin gracia y sin ambición, acaparaba todo lo que ella anhelaba.
—Sarah, deberías cuidarte más —dijo Isabella alzando la voz, como si quisiera participar de la intimidad del momento—. ¿No lo notas, Frederick? Tiene el rostro más fino, los ojos cansados…
Sarah se sobresaltó pues Isabella, con esa malicia tan suya, parecía haber notado algo.
Frederick frunció el ceño y pasó suavemente la mano por el brazo de Sarah.
—Si te sientes débil, llamaré al médico. No me gusta verte así.
Sarah negó con la cabeza con rapidez.
—No hace falta —respondió, un poco más brusca de lo que pretendía—. Estoy bien, de verdad.
Pero en el fondo el cansancio la abatía sin motivo y la debilidad reinaba en su cuerpo.
Isabella, mientras tanto, sonrió con astucia. Su prima era tan torpe que ni siquiera comprendía lo que su propio cuerpo le gritaba. Y Frederick, con esa devoción ciega, era un blanco fácil: si Sarah no sabía cuidar de sí misma, tarde o temprano él acabaría buscándolo en otra. Quizás allí residiera su oportunidad.
Sarah apartó la vista, con el corazón encogido. Podía intuir las intenciones de Isabella, pero su mayor angustia no estaba allí, sino en el recuerdo de la miseria de su casa, de su padre debilitado y su hermano perdido en el alcohol. Nadie podía ayudarla en esa vergüenza; ni siquiera se permitiría hablarlo con Frederick, un hombre comprensivo y protector. Bastante había hecho él aceptando casarse con una viuda cuando la sociedad esperaba de ella un luto perpetuo.
Y sin embargo, mientras subía los escalones del porche con el brazo de Fred sosteniéndola, su visión se nubló y su cuerpo se dejó caer.
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