sábado, 30 de agosto de 2025

El deseo entre las olas. Capitulo 10

El Baile de la Temporada

La invitación llegó en una bandeja de plata, traída por la prima mayor de Sarah, Catalina, una mujer que nada tenía que ver con su hermana Isabella. Tenía un porte elegante, pero su sonrisa no escondía veneno. Al contrario, había en ella una calidez sincera que tranquilizaba. 

Catalina llevaba muchos años casada con Esteban de Villareal, un comerciante próspero dedicado a las rutas marítimas entre Cádiz y las Antillas. Su matrimonio era sólido, respetuoso y, según los rumores, más basado en la amistad y el cariño tranquilo que en la pasión. Tenían dos hijos pequeños, a quienes adoraban, y vivían en una hermosa finca cerca de la costa gaditana.

—Querida —dijo Catalina, sentándose junto a Sarah—, debes venir al baile de la temporada. No se trata solo de música y vestidos. Es… una oportunidad. Muchas mujeres viudas como tú han encontrado ahí un segundo comienzo.

Sarah arqueó una ceja, divertida y sorprendida.

—¿Quieres que vaya a buscar marido?

—Quiero que vayas a buscar vida —respondió Catalina, con dulzura firme—. No puedes seguir pintando sillas y fingiendo que eso es suficiente.

Sarah sonrió apenas. Era cierto que la idea le generaba curiosidad, pero no quería reconocerlo. Catalina la abrazó antes de irse, dejando una sensación de apoyo genuino, tan distinta a la tensión que Isabella solía dejar a su paso.

La casa solariega donde se celebraba el baile estaba decorada con hermosas flores frescas. Había carruajes en la entrada, perfumes flotando en el aire y risas que parecían de otra época. Sarah, con un vestido marfil que Catalina le había prestado, se sintió distinta, casi… parte de algo nuevo.

Apenas cruzó la entrada, sus ojos buscaron a Peter. Lo encontró en la galería, inclinado hacia Isabella, que reía con esa risa ensayada que parecía salir de un escenario. Sarah respiró hondo, tratando de ignorar la punzada en su pecho.

Fue entonces cuando lo sintió: una mirada fija desde lejos.

Un hombre elegante, de porte impecable, se encontraba apoyado en una columna. No hacía nada, no decía nada… solo la observaba, como si estudiara cada gesto, cada paso, con la calma de quien espera el momento exacto para acercarse. Y cuando Sarah desvió la mirada, él sonrió apenas, como quien acaba de obtener una respuesta silenciosa.

Mientras la orquesta comenzaba a tocar un nuevo vals, Sarah charlaba con Catalina de lo bello que parecía el evento.

El caballero de la columna se adelantó entre la multitud. Se detuvo frente a ella, inclinándose con una cortesía que parecía de otra época.

—Perdone, señorita… ¿me concede este baile? —dijo con voz grave y segura.

Sarah lo miró, un poco desconcertada pero fascinada. Catalina asintio animandola como si lo conociera. Él sostuvo su mirada un segundo más de lo necesario en Sarah.

—Me llamo Frederick —añadió, con una ligera reverencia—. Y sería un honor bailar con usted.

Mientras giraban en la pista, Frederick habló apenas, pero algo en él la hacia recordar gratas sensaciones y cada palabra que decía parecía cargada de intención.

—Debo confesarle...te.. que te observaba desde hace un buen rato —admitió—. Parecías… diferente a las demás. Como si no quisieras estar aquí y, sin embargo, iluminaras la sala sin darte cuenta.

Sarah sintió el rubor subiéndole a las mejillas. No estaba acostumbrada a halagos así, mucho menos de un extraño tan directo.

—¿Sueles decir eso a todas las que invitas a bailar? —preguntó, con una mezcla de ironía y timidez.

Frederick sonrió, bajando la voz.

—No. Solo a las que me hacen olvidar por un instante que hay gente alrededor.

Desde la pista, Sarah alcanzó a ver cómo Peter tomaba la mano de Isabella para llevarla a la terraza. Reían, brindaban, parecían disfrutar de una complicidad que le dolía como una astilla clavada en el pecho.

Frederick siguió su mirada, pero no dijo nada. Solo apretó suavemente su mano y la guió por la pista como si quisiera recordarle que esa noche era suya.

Al terminar la música, Catalina apareció sonriente.

—¡Qué bien bailaste, querida! —exclamó, tomando a Sarah del brazo—. ¿Ves? Tenía razón. Nunca se sabe cuándo una nueva historia puede empezar. Frederick es un hombre muy atractivo, un hombre respetable muy buen amigo de mi esposo. Esteban lo aprecia mucho es un hombre de palabra. Nunca se ha casado...o bueno, casi. Hace años estuvo prometido, ella era mayor que él, mucho mayor. Iba a anunciar su compromiso en un baile, como este… pero dos semanas antes de la fecha, ella desapareció.

Sarah se sorprendió, no se lo esperaba pero su mente estaba dividida entre la calidez de Frederick y la imagen de Peter e Isabella riendo juntos al fondo del salón.

Mientras tanto, en la terraza, Isabella le decía a Peter:

—¿Sabías que Frederick parece interesado en Sarah? —preguntó con voz suave, pero cargada de intención—. Sería curioso que se enamoraran, ¿no crees?

Peter no respondió nada. Solo apretó la copa con fuerza.

Y la música volvió a empezar… pero ya nada sonaba igual.

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