miércoles, 27 de agosto de 2025

El deseo entre las olas. Capitulo 9

Sarah no esperaba encontrar a nadie en la tienda de tejidos aquella tarde, mucho menos a una mujer pelirroja envuelta en un vestido vaporoso, con la seguridad de quien entra como si la estuvieran esperando. Y mucho menos esperaba que esa mujer girara la cabeza, sonriera como una postal de verano, y dijera con voz melosa:

—Sarah... ¡pero qué sorpresa!

Sarah tardó unos segundos en procesarlo. El acento, los ojos de gata, los labios carnosos. No podía ser.

—¿Isabella?

La pelirroja abrió los brazos, exageradamente.

—¡Tu prima Isabella! ¿No me reconoces? Ay, claro, yo he cambiado, ya no soy la niña que se comía los botones de nácar de la abuela.

—Y que le cortó el pelo al gato —murmuró Sarah, todavía atónita.

—Un accidenteeee —sonrió Isabella, con una teatralidad que haría palidecer a las actrices de época.

Sarah era 15 años mayor que Isabella, la había tratado muy poco. Sus familias no eran muy arrimadas pero siempre le dió la sensación de que Isabella era de una pasta muy distinta a ella. A pesar de ser más pequeña que Sarah siempre quiso arrebatar todo el cariño de su abuela para ella inventándose cosas falsas sobre Sarah para difamarla.

Detrás de ella apareció la tía Elvira, aún con el cabello recogido en un moño imperial y mirada de escáner.

—Querida —dijo, con un beso al aire a cinco centímetros de su mejilla—. Hemos venido de Donosti por unos días. Peter fue tan amable de invitarnos.

Ahí. En esa frase. Ahí se le heló el corazón a Sarah.

—¿Peter... os invitó?

—Bueno —dijo Isabella con una sonrisa que podría haberse servido con cuchillo y tenedor—, nos cruzamos en una exposición en Madrid hace dos semanas. ¡Tan encantador como siempre! Desde entonces no hemos parado de hablar y me escribió para vernos. Nos conocemos desde el colegio, hemos estudiado juntos. Me sorprendió mucho cuando me dijo que te conocía porque claramente con la de años que le llevas no se en que circulo social os habreis conocido, es algo que no me aclaro...tampoco entiendo vuestra amistad, no viene a cuento que una viuda deje entrar en su casa a un hombre joven, en edad casamentera. Peter tiene que salir, socializar, no meterse a arreglar las ruinas de nadie Sarah. Estos días han sido maravillosos me ha enseñado tanto... sobre este pueblo, sobre la gente...

Sarah tragó saliva. A la vista del resto, parecía una reacción alérgica al polen. Pero por dentro, era el equivalente emocional a ser atropellada por un carruaje dorado y tirado por caballos con mechas rubias.

—Oh, Sarah —continuó Isabella, como quien deja caer una bomba —, deberíamos hacer algo juntas. ¡Como en los viejos tiempos! Aunque claro... yo ahora tengo muy poco tiempo libre, entre los paseos con Peter, las lecturas, las visitas al jardín botánico...

Sarah sintió que estaba a punto de arrancar una cortina y envolverle la cabeza con ella.

—Qué bien que estés aquí —logró decir, con voz casi humana—. Seguro que... va a ser... interesante.

La sonrisa de Isabella se estiró un milímetro más, como si ya hubiese ganado algo que nadie sabía que estaba en juego.

Y fue en ese momento, al girarse para irse, que Isabella soltó la frase más inocente del universo, con la naturalidad de quien habla del clima:

—Ah, por cierto... Peter y yo siempre nos llevamos de maravilla. Nos encanta ir a la playa, caminar durante horas, hablar de todo... Nos entendemos tan bien. A veces hasta olvido que acabo de llegar. Es como si siempre hubiera estado aquí.

Y madre e hija se despidieron de Sarah y desaparecieron entre las cortinas de lino, como una aparición que deja a su paso un aroma entre jazmín y pólvora.

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