La mesa estaba llena de risas y luz.
Por primera vez en semanas, Sarah comía con verdadero apetito. Probaba cada plato con una sonrisa suave, como si redescubriera sabores olvidados.
Frederick la miraba con alivio, con ternura.
—Así me gusta verte —murmuró, tomando su mano.
Ella respondió con una sonrisa cortés, sin mirarlo demasiado tiempo.
Peter, sentado frente a ellos, apenas probó bocado. Observaba en silencio, notando detalles que los demás pasaban por alto: la manera en que Sarah se veía, el modo en que apartaba el vino con un gesto leve.
Clarisse, junto a él, hablaba animadamente con Isabella, pero Peter apenas oía las palabras. Todo el aire parecía cargado de algo que solo él sentía.
La señora Isolde intervino con voz práctica:
—Sarah, querida, te quedarás conmigo unos días. Aquí estarás mejor cuidada, y Frederick podrá atender sus asuntos sin preocuparse.
Sarah dudó, pero Frederick asintió con alivio.
—Sí, será lo mejor. —Y añadió, con un brillo nuevo en los ojos—. Mañana por fin descansarás en casa, conmigo.
Sarah solo bajó la mirada.
Aquella noche, la casa de los Alvarado dormía.
Peter estaba despierto, recostado en un sillón junto a la ventana, con un cigarro encendido entre los dedos. Hacía mucho tiempo que no venían al pueblo y la comida familiar fue la excusa perfecta para venir en la dirección que él deseaba y complacer también los deseos de viaje de Clarisse. Necesitaba salir de esa oficina y descansar unos días en casa de sus padres.
El reloj marcaba las dos cuando oyó pasos suaves en el pasillo.
Se levantó, curioso, y vio una figura descender las escaleras: Sarah, en camisón blanco, descalza, con el cabello suelto.
La siguió sin pensar.
En la cocina, ella rebuscaba entre los cajones algo de pan o fruta.
Cuando alzó la vista, él ya estaba allí, de pie en el umbral.
—No podía dormir —murmuró ella.
—Yo tampoco —respondió él, con la voz más baja de lo que pretendía.
El silencio entre ambos se volvió un hilo tenso.
Sarah sonrió, débilmente.
—Parece que tengo hambre a todas horas —dijo, intentando aligerar el momento.
Peter se acercó un paso.
—No eres la única.
Ella lo miró, y la sonrisa se deshizo.
Él la tomó de la cintura, sin violencia, solo con una urgencia muda y la subió a la encimera de la cocina. Sarah tembló, quiso apartarse, pero cuando alzó la mirada, sus ojos ya no supieron decir “no”.