martes, 23 de septiembre de 2025

El deseo entre las olas. Capítulo 14

El tiempo había pasado como una ráfaga.
La boda de Peter con Clarisse ya era un recuerdo reciente, celebrado con la sobriedad que imponía la enfermedad del notario Arthur. Ahora, instalado en su nuevo hogar con una esposa delicada y reservada, Peter parecía haber aceptado el papel que la familia y el destino le habían impuesto.

Por otro lado, ese día el pueblo entero esperaba con expectación la boda de Frederick con Sarah. Todo el mundo corría de un lado a otro ayudando con los preparativos; los niños de Catalina deambulaban curiosos por el jardín de la casa de los Alvarado, y la tía Elvira y Don Domingo recibían a los invitados de la novia con una cálida acogida, mientras Peter y su padre hacían lo mismo con los del novio.

En la mesa de pruebas del banquete, Catalina cortó un trozo de pan y lo untó en salsa de marisco, ofreciéndoselo a su prima.
—Sarah, prueba este. El marisco siempre ha sido tu debilidad —dijo con una sonrisa.

Sarah aceptó el bocado con naturalidad, pero apenas lo probó, frunció ligeramente el gesto y dejó la servilleta sobre el plato.
—No sé… hoy no me apetece —respondió con una voz queda.

Catalina arqueó una ceja, divertida.
—¿Tú rechazando marisco? Eso sí que es una novedad. Los nervios de la ceremonia no te dejan disfrutar.

Frederick la miró con ternura, sin darle demasiada importancia, y tomó la palabra para distraerla:
—Quizá prefieras la ternera, Sarah. 

Ella sonrió con suavidad, agradeciendo que no insistieran. Se mantuvo en silencio, bajando la mirada hacia su plato, como si quisiera ocultar un extraño malestar.

Isabella, desde la otra punta del salón, lo observaba todo con una mezcla de rencor y deseo. Nunca había conseguido apartar a Peter de Clarisse, y esa herida aún le escocía. Ahora veía cómo Frederick —ese hombre maduro, sólido, tan distinto de los muchachos que había conocido— se le escapaba también, atrapado por la sombra dulce de Sarah. La rabia se le acumuló en la garganta, la misma garganta que había animado a Isolde a aceptar a Sarah en la familia. 

Mientras sonreía con falsedad a un invitado que le hablaba de flores y guirnaldas, su mente tramaba con frialdad. Quizá bastara una palabra en el momento adecuado, un rumor mal sembrado, un gesto torcido delante de la congregación. Algo que dejara en entredicho la pureza de Sarah y la pusiera en evidencia en plena boda. Isabella sabía bien a quién amaba Sarah en realidad, y usar ese secreto podía ser su arma.

Doña Isolde, que se estaba preparando para el evento, se acercó al ventanal y pudo ver a lo lejos a Sarah, Catalina y Frederick degustando la calidad de las propuestas para el banquete. Se fijó en Sarah recogiendo del suelo uno de los juguetes que los niños de Catalina habían olvidado en su carrera. La joven lo levantó con calma y lo dejó cuidadosamente en el poyete de la ventana, como si fuera un tesoro. La madre de Peter y Frederick la siguió con la mirada unos segundos más de lo necesario. Y en silencio, asintió apenas con la cabeza, como si en su interior confirmara la buena decisión que había tomado.

No hay comentarios:

Publicar un comentario