miércoles, 11 de junio de 2025

El deseo entre las olas. Capítulo 3

Desde aquel día, Peter empezó a visitar la casa ruinosa de Sarah. La ayudaba con reparaciones, traía madera y pan, y hablaban durante horas bajo un techo que crujía más de la cuenta. Ella, entre clavos, pintura y risas, volvió a sonreír, aunque con esa cautela suave y digna de quien ha sobrevivido a demasiadas pérdidas.


Peter no preguntaba demasiado, pero escuchaba como si cada palabra suya —incluso las más triviales— merecieran. A veces la observaba en silencio mientras ella hablaba del color que quería para las cortinas o del nombre del gato del vecino. Pero no era distracción: era deseo contenido, era fascinación. Había algo en su voz, en sus manos manchadas de pintura, en la forma en que se recogía el pelo sin darse cuenta, que le resultaba irresistible.


Él no lo habría podido explicar, pero estar cerca de Sarah lo ponía tenso de una forma dulce. Como si todo su cuerpo se esforzara por no delatar lo que ya sabía su alma: que la deseaba, no como a un capricho de juventud, sino como se desea lo que se respeta y se admira.


Una tarde, mientras el sol ponía oro en las tejas agrietadas, Peter se mostró distinto.


—¿Se ha planteado alguna vez… rehacer su vida? —preguntó sin mirarla, como si temiera que el contacto visual lo traicionara.


Sarah se giró hacia él, sorprendida por el tono más que por la pregunta.


—Joven...soy una mujer en todos los sentidos en ruinas.


Peter la miró por fin, y en su mirada había un calor inesperado. Como si en esas ruinas él viera algo más.


—Hay ruinas que no necesitan restauración —dijo, casi en un susurro—. Solo alguien que sepa vivir dentro de ellas.


Ella lo miró con unos ojos diferentes que despiertan las cosas que podrían cambiarlo todo.


—¿Qué podría ver alguien en estas ruinas, Peter? —preguntó, sin apartar la vista esta vez.


Él tragó saliva…


Un golpe seco interrumpió el momento. Ambos giraron la cabeza al mismo tiempo.

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