—¡Andrew! Pero qué susto nos has dado —dijo Sarah, llevándose la mano al pecho.
—Perdonen… no sabía que las maderas crujían tanto. A mí es que me gusta comer, y todo esto me delata —respondió él, sonriendo con aire culpable mientras se rascaba la cabeza.
Andrew conocía a Peter desde el colegio; habían estudiado juntos. Era un chico joven, moreno y de constitución robusta. Sus padres adoptivos, incapaces de tener hijos propios, lo habían traído desde America del sur, fruto —según las malas lenguas— de un idilio entre su padre y una mujer indígena durante uno de sus viajes en barco al extranjero.
El señor Alejandro lo trajo a España siendo aún un bebé, y Teresa, su esposa, una mujer dulce y amable, lo crió como si fuera suyo. Siempre habían estado pendientes de Sarah y, en numerosas ocasiones, la habían invitado a comer con su padre. En la casa de Alejandro y Teresa, tanto Sarah como su padre encontraban algo parecido al calor de un hogar verdadero.
Andrew era un chico solitario. Pese a su carácter tranquilo, la mayoría se alejaba de él por el simple hecho de ser moreno, como si el color de su piel fuera contagioso. Y aunque sus padres intentaron concertar matrimonios con familias bien posicionadas, todas rechazaban la idea de tener descendencia que no compartiera su tono de piel.
Para Sarah, Andrew era como un hermano pequeño. Lo había criado casi sin darse cuenta, pues pasó gran parte de su infancia en casa de Teresa. La muerte prematura de la madre de Sarah la había dejado muy sola, y su padre, siempre trabajando, apenas tenía tiempo para ella. Así que jugar y cuidar de Andrew fue una forma de llenar ese vacío, y al mismo tiempo, de ofrecer agradecimiento a la mujer que tanto la había acogido.
Ahora, sin decirlo en voz alta, ambos se veían reflejados el uno en el otro: él, un joven juzgado por su piel; ella, una viuda arruinada, ignorada por su entorno. Los dos, a su manera, aprendían a resistir las etiquetas de un mundo ciego al corazón.
Andrew no pudo evitar sorprenderse al ver a Peter hablando con Sarah. Desde su rincón, había alcanzado a escuchar algo de la conversación, y le pareció atrevida, incluso osada, la forma en que Peter se dirigía a ella. Sobre todo porque Andrew sabía bien que hacía dos años que Peter estaba comprometido con la hija del notario.
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