Su marido, el señor O'Brian, había fallecido hacía poco más de un año, 'caído heroicamente en el frente por una causa que, francamente, a nadie le quedó muy clara'... excepto quizás si al misterioso marinero ruso que le escribía las cartas que se encontraron entre sus pertenencias y que firmaba simplemente con un asterisco.
Sarah vivía en una casa burguesa costera tan ruinosa como su ánimo, acompañada únicamente por "Gato" y su anciano padre, un antiguo hombre de letras casi ciego que pasaba los días hablando con los retratos descoloridos de mejores tiempos. Familia venida a menos, sus únicos bienes eran la educación y la dignidad.
Fue allí, en el parque, donde se cruzó con él. Un joven veinteañero de mirada viva, sonrisa torcida y elegante sombrero. Se llamaba Peter, y con esa mezcla de descaro e inocencia, le ofreció una flor arrancada de algún jardín ajeno.
—¿Una flor para la señora más melancólica del condado? —dijo, con una reverencia medio improvisada.
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