sábado, 30 de agosto de 2025

El deseo entre las olas. Capitulo 10

La casa estaba iluminada tenuemente cuando Frederick llegó. El carruaje se alejó por el camino de grava y él entró quitándose los guantes, todavía con la emoción del baile palpitándole en las manos.

En el salón, la chimenea lanzaba destellos dorados que dibujaban sombras en las paredes. Su madre, Doña Isolde, estaba sentada en un sillón alto, con el porte de quien ha visto demasiado mundo para impresionarse. A su lado, el abuelo dormitaba, aunque sus dedos tamborileaban sobre el bastón, señal de que escuchaba a medias.

En un rincón de la sala, sentado en un banco bajo la ventana y con el cuerpo apoyado contra la pared, un joven leía absorto, como si el resto del mundo no existiera.

—¿Qué tal el baile? —preguntó Isolde, dejando la costura sobre su regazo—. ¿Alguna moza que merezca la pena?

Frederick sonrió con una calidez inusual en él.

—Sí… —dijo con voz suave—. Sí, madre. La hubo.

Los ojos de Isolde se entrecerraron con un brillo curioso.

—¿Ah, sí? ¿Y quién es esa que ha conseguido que vuelvas a casa con esa cara de muchacho enamorado?

Frederick avanzó hacia la chimenea y dejó los guantes sobre la repisa. Miró el fuego un instante antes de responder.

—Su nombre es Sarah. —Pronunció cada sílaba como si la saboreara—. Es... especial. Inteligente, reservada… y con una elegancia sencilla imposible de imitar.

Isolde arqueó las cejas, pero no interrumpió. Frederick prosiguió:

—Es viuda —añadió, con un tono que parecía querer protegerla incluso en su ausencia—. No hace mucho perdió a su esposo. Pero se le nota la fuerza… la dignidad. Como si llevara el dolor de la manera más discreta posible.

La madre apretó los labios.

—¿Viuda, dices? —preguntó, sin ocultar el leve tinte de desaprobación—. Ya sabes que nunca me gustó la idea de que os mezclarais con mujeres marcadas por... un pasado.

Frederick se volvió hacia ella, sin perder la calma.

—Madre… Nadie está libre de pasado. Ni siquiera yo.

Isolde hizo un leve gesto, como quien recuerda algo incómodo.

—Solo espero que no sea otra equivocación —dijo, con una mirada significativa que evocaba fantasmas antiguos—. Como aquella mujer que, por suerte, desapareció de tu vida sin avisar.

Frederick bajó un poco la mirada, pero no perdió su tono ilusionado.

—Sarah no es como ella. No hay artificio, ni ambición, ni… esa prisa por atraparme que tenía la otra. Con Sarah siento… que puedo volver a empezar.

Doña Isolde suspiró, resignada.

—¿Tanto te ha impresionado en un solo baile?

Frederick sonrió.

—Más que nadie en toda mi vida.

El silencio volvió a llenar el salón. El fuego crepitó suavemente. El muchacho silencioso del banco siguió leyendo sin interesarse ni levantar la vista.

Frederick se inclinó para besar la mano de su madre y hacer una ligera reverencia al abuelo. Luego salió por la puerta, dejando atrás la tibia luz de la chimenea.

Doña Isolde lo siguió con la mirada un instante, y entonces se volvió hacia el joven que seguía leyendo junto a la ventana.

—¿Y a ti qué tal te fue en el baile, Peter?

El joven levantó lentamente los ojos del libro. La llama de la chimenea iluminó su rostro, revelando la verdad que nadie esperaba.

-Muy bien madre.


El deseo entre las olas. Capitulo 10

El Baile de la Temporada

La invitación llegó en una bandeja de plata, traída por la prima mayor de Sarah, Catalina, una mujer que nada tenía que ver con su hermana Isabella. Tenía un porte elegante, pero su sonrisa no escondía veneno. Al contrario, había en ella una calidez sincera que tranquilizaba. 

Catalina llevaba muchos años casada con Esteban de Villareal, un comerciante próspero dedicado a las rutas marítimas entre Cádiz y las Antillas. Su matrimonio era sólido, respetuoso y, según los rumores, más basado en la amistad y el cariño tranquilo que en la pasión. Tenían dos hijos pequeños, a quienes adoraban, y vivían en una hermosa finca cerca de la costa gaditana.

—Querida —dijo Catalina, sentándose junto a Sarah—, debes venir al baile de la temporada. No se trata solo de música y vestidos. Es… una oportunidad. Muchas mujeres viudas como tú han encontrado ahí un segundo comienzo.

Sarah arqueó una ceja, divertida y sorprendida.

—¿Quieres que vaya a buscar marido?

—Quiero que vayas a buscar vida —respondió Catalina, con dulzura firme—. No puedes seguir pintando sillas y fingiendo que eso es suficiente.

Sarah sonrió apenas. Era cierto que la idea le generaba curiosidad, pero no quería reconocerlo. Catalina la abrazó antes de irse, dejando una sensación de apoyo genuino, tan distinta a la tensión que Isabella solía dejar a su paso.

La casa solariega donde se celebraba el baile estaba decorada con hermosas flores frescas. Había carruajes en la entrada, perfumes flotando en el aire y risas que parecían de otra época. Sarah, con un vestido marfil que Catalina le había prestado, se sintió distinta, casi… parte de algo nuevo.

Apenas cruzó la entrada, sus ojos buscaron a Peter. Lo encontró en la galería, inclinado hacia Isabella, que reía con esa risa ensayada que parecía salir de un escenario. Sarah respiró hondo, tratando de ignorar la punzada en su pecho.

Fue entonces cuando lo sintió: una mirada fija desde lejos.

Un hombre elegante, de porte impecable, se encontraba apoyado en una columna. No hacía nada, no decía nada… solo la observaba, como si estudiara cada gesto, cada paso, con la calma de quien espera el momento exacto para acercarse. Y cuando Sarah desvió la mirada, él sonrió apenas, como quien acaba de obtener una respuesta silenciosa.

Mientras la orquesta comenzaba a tocar un nuevo vals, Sarah charlaba con Catalina de lo bello que parecía el evento.

El caballero de la columna se adelantó entre la multitud. Se detuvo frente a ella, inclinándose con una cortesía que parecía de otra época.

—Perdone, señorita… ¿me concede este baile? —dijo con voz grave y segura.

Sarah lo miró, un poco desconcertada pero fascinada. Catalina asintio animandola como si lo conociera. Él sostuvo su mirada un segundo más de lo necesario en Sarah.

—Me llamo Frederick —añadió, con una ligera reverencia—. Y sería un honor bailar con usted.

Mientras giraban en la pista, Frederick habló apenas, pero algo en él la hacia recordar gratas sensaciones y cada palabra que decía parecía cargada de intención.

—Debo confesarle...te.. que te observaba desde hace un buen rato —admitió—. Parecías… diferente a las demás. Como si no quisieras estar aquí y, sin embargo, iluminaras la sala sin darte cuenta.

Sarah sintió el rubor subiéndole a las mejillas. No estaba acostumbrada a halagos así, mucho menos de un extraño tan directo.

—¿Sueles decir eso a todas las que invitas a bailar? —preguntó, con una mezcla de ironía y timidez.

Frederick sonrió, bajando la voz.

—No. Solo a las que me hacen olvidar por un instante que hay gente alrededor.

Desde la pista, Sarah alcanzó a ver cómo Peter tomaba la mano de Isabella para llevarla a la terraza. Reían, brindaban, parecían disfrutar de una complicidad que le dolía como una astilla clavada en el pecho.

Frederick siguió su mirada, pero no dijo nada. Solo apretó suavemente su mano y la guió por la pista como si quisiera recordarle que esa noche era suya.

Al terminar la música, Catalina apareció sonriente.

—¡Qué bien bailaste, querida! —exclamó, tomando a Sarah del brazo—. ¿Ves? Tenía razón. Nunca se sabe cuándo una nueva historia puede empezar. Frederick es un hombre muy atractivo, un hombre respetable muy buen amigo de mi esposo. Esteban lo aprecia mucho es un hombre de palabra. Nunca se ha casado...o bueno, casi. Hace años estuvo prometido, ella era mayor que él, mucho mayor. Iba a anunciar su compromiso en un baile, como este… pero dos semanas antes de la fecha, ella desapareció.

Sarah se sorprendió, no se lo esperaba pero su mente estaba dividida entre la calidez de Frederick y la imagen de Peter e Isabella riendo juntos al fondo del salón.

Mientras tanto, en la terraza, Isabella le decía a Peter:

—¿Sabías que Frederick parece interesado en Sarah? —preguntó con voz suave, pero cargada de intención—. Sería curioso que se enamoraran, ¿no crees?

Peter no respondió nada. Solo apretó la copa con fuerza.

Y la música volvió a empezar… pero ya nada sonaba igual.

miércoles, 27 de agosto de 2025

El deseo entre las olas. Capitulo 9

Sarah no esperaba encontrar a nadie en la tienda de tejidos aquella tarde, mucho menos a una mujer pelirroja envuelta en un vestido vaporoso, con la seguridad de quien entra como si la estuvieran esperando. Y mucho menos esperaba que esa mujer girara la cabeza, sonriera como una postal de verano, y dijera con voz melosa:

—Sarah... ¡pero qué sorpresa!

Sarah tardó unos segundos en procesarlo. El acento, los ojos de gata, los labios carnosos. No podía ser.

—¿Isabella?

La pelirroja abrió los brazos, exageradamente.

—¡Tu prima Isabella! ¿No me reconoces? Ay, claro, yo he cambiado, ya no soy la niña que se comía los botones de nácar de la abuela.

—Y que le cortó el pelo al gato —murmuró Sarah, todavía atónita.

—Un accidenteeee —sonrió Isabella, con una teatralidad que haría palidecer a las actrices de época.

Sarah era 15 años mayor que Isabella, la había tratado muy poco. Sus familias no eran muy arrimadas pero siempre le dió la sensación de que Isabella era de una pasta muy distinta a ella. A pesar de ser más pequeña que Sarah siempre quiso arrebatar todo el cariño de su abuela para ella inventándose cosas falsas sobre Sarah para difamarla.

Detrás de ella apareció la tía Elvira, aún con el cabello recogido en un moño imperial y mirada de escáner.

—Querida —dijo, con un beso al aire a cinco centímetros de su mejilla—. Hemos venido de Donosti por unos días. Peter fue tan amable de invitarnos.

Ahí. En esa frase. Ahí se le heló el corazón a Sarah.

—¿Peter... os invitó?

—Bueno —dijo Isabella con una sonrisa que podría haberse servido con cuchillo y tenedor—, nos cruzamos en una exposición en Madrid hace dos semanas. ¡Tan encantador como siempre! Desde entonces no hemos parado de hablar y me escribió para vernos. Nos conocemos desde el colegio, hemos estudiado juntos. Me sorprendió mucho cuando me dijo que te conocía porque claramente con la de años que le llevas no se en que circulo social os habreis conocido, es algo que no me aclaro...tampoco entiendo vuestra amistad, no viene a cuento que una viuda deje entrar en su casa a un hombre joven, en edad casamentera. Peter tiene que salir, socializar, no meterse a arreglar las ruinas de nadie Sarah. Estos días han sido maravillosos me ha enseñado tanto... sobre este pueblo, sobre la gente...

Sarah tragó saliva. A la vista del resto, parecía una reacción alérgica al polen. Pero por dentro, era el equivalente emocional a ser atropellada por un carruaje dorado y tirado por caballos con mechas rubias.

—Oh, Sarah —continuó Isabella, como quien deja caer una bomba —, deberíamos hacer algo juntas. ¡Como en los viejos tiempos! Aunque claro... yo ahora tengo muy poco tiempo libre, entre los paseos con Peter, las lecturas, las visitas al jardín botánico...

Sarah sintió que estaba a punto de arrancar una cortina y envolverle la cabeza con ella.

—Qué bien que estés aquí —logró decir, con voz casi humana—. Seguro que... va a ser... interesante.

La sonrisa de Isabella se estiró un milímetro más, como si ya hubiese ganado algo que nadie sabía que estaba en juego.

Y fue en ese momento, al girarse para irse, que Isabella soltó la frase más inocente del universo, con la naturalidad de quien habla del clima:

—Ah, por cierto... Peter y yo siempre nos llevamos de maravilla. Nos encanta ir a la playa, caminar durante horas, hablar de todo... Nos entendemos tan bien. A veces hasta olvido que acabo de llegar. Es como si siempre hubiera estado aquí.

Y madre e hija se despidieron de Sarah y desaparecieron entre las cortinas de lino, como una aparición que deja a su paso un aroma entre jazmín y pólvora.

miércoles, 16 de julio de 2025

El deseo entre las olas. Capítulo 8

El grito que siguió fue breve, pero suficientemente trágico para que Sarah saliera corriendo para auxiliar a su padre.

Fue Andrew quien lo oyó primero, como siempre que el caos llama a la puerta. Entró en la casa con una rama de higuera en la mano, diciendo que era para "espantar malos presagios". Le encantaba conocer todo sobre su  cultura aborigen. Nadie le creyó, pero nadie se lo discutió tampoco. 

El Señor Domingo fue llevado al hospital, murmurando que todo era culpa de Napoleón, que según él había movido la cama. Nadie quiso corregirle.

Al día siguiente, Sarah aceptó a regañadientes la invitación de Andrew para comer en su casa. Estaba preocupada por su padre que todavía seguía en el hospital magullado. Teresa, la madre adoptiva de Andrew, había preparado cocido y sonrisas. Durante el postre, Andrew, con la inocencia de quien no percibe las bombas antes de pisarlas, comentó:

—Esta mañana vi a Peter en la plaza. Estaba con una chica... alta, pelirroja. Se reían mucho. Creo que era su compañera del colegio. Vino desde San Sebastián solo para verle, eso me dijo Nicolasa, la de la panadería.

Sarah, que hasta ese momento se había estado entreteniendo pescando garbanzos con el tenedor, sintió que uno se le atragantaba con un golpe fuerte en el corazón. No sabía si era el garbanzo o la información, pero ambos tenían la textura del miedo.

—Ahá —dijo, fingiendo indiferencia mientras pensaba: «Me encantaría contarle esto a la hija del notario, a ver qué opina.»

Andrew, ajeno a la tormenta interna, siguió hablando de lo bonita que estaba la plaza con las flores de julio, mientras Sarah masticaba pensamientos que no se digerían fácil.

Esa noche, al volver a casa, Sarah pasó por el cuarto de su padre, ya por fin en casa, dormía plácidamente bajo los efectos de los calmantes. Se sentó a los pies de la cama, con la brocha en la mano, porque ni siquiera había tenido fuerzas para dejarla donde correspondía.

Pensó en Peter, en la pelirroja, en los ojos con los que él la había mirado días atrás, y en lo rápido que ocurren las cosas. Suspiró y se resignó.

"Si alguien tiene que acabar conmigo, que al menos me avise antes, para ponerme rimmel y un vestido decente", pensó, con ese sarcasmo que era su escudo.

Y por primera vez en mucho tiempo, no supo describir lo que sentía.

El deseo entre las olas. Capítulo 7

Sarah lo notó desde la puerta. La forma en que Andrew dejó el cesto sobre la mesa, sin decir una palabra. La manera en que Peter recogió los guantes de trabajo sin mirarlo. Y ese silencio que no era incómodo, sino demasiado ensayado. Como si ambos llevaran días diciéndose cosas sin hablar.

—¿Ocurre algo? —preguntó ella, sirviendo té sin pedir permiso.

—Nada —dijeron los dos al mismo tiempo.

Andrew se sentó junto a la chimenea, pero no tomó el té. Miraba las llamas como si esperara que le contestaran algo. Peter se mantuvo de pie, removiendo el te para disolver el azúcar 

Sarah carraspeó.

—Andrew, ¿que tal tu madre?

—Sí. Estaba preguntando por ti. Te echamos de menos el otro domingo. Preparó cordero. Como te gusta.

—He tenido días... complicados —respondió ella, y miró de reojo a Peter—. Y bastantes reparaciones.

Andrew no dijo nada, pero sus ojos lo dijeron todo. Peter los sintió, como un clavo frío detrás de la nuca.

—¿Te vas a quedar mucho más por aquí, Peter? —preguntó Andrew con voz neutra, sin ironía, pero con filo.

—El tiempo que haga falta —respondió Peter, sin mirarlo.

Sarah sintió la atmósfera volverse más densa que el humo de la chimenea. Fingió buscar algo en un cajón solo para no tener que mirar a ninguno.

—Tu padre ha vuelto, ¿no? —insistió Andrew, girándose por fin hacia Peter—. Me pareció verlo llegar esta mañana. Con la hija del notario.

Sarah se quedó inmóvil, sujetando una cuchara como si fuera de cristal.

—Sí. Llegaron anoche —admitió Peter—. Pero no hemos hablado aún.

—¿Tampoco de la boda?

—No hay boda.

—¿Seguro?

Peter respiró hondo. No respondió.

Andrew sonrió con amargura y se levantó despacio. Caminó hacia la puerta, pero antes de salir se giró hacia Sarah.

—Voy a buscar más leña. Hay un viento raro. Parece que se avecina algo.

Cuando se fue, Sarah cerró la puerta con suavidad. No preguntó. No exigió. Solo se sentó frente a Peter, con la taza entre las manos como si fuera su única defensa.

—¿Es cierto?

—¿El qué?

—Que estabas comprometido. Que aún lo estás.

Peter bajó la cabeza. Sus dedos jugaban con el borde del banco.

—No es lo que crees.

—¿Entonces qué es?

Peter la miró. No como antes, no con ternura ni timidez. La miró con el tipo de verdad que solo se usa cuando todo puede romperse.

—Es algo que intentaron imponerme. Que yo nunca quise. Pero que quizás… me alcancé a resignar a aceptar.

Sarah no respondió. En sus ojos no había reproche, pero sí un cansancio antiguo. Un “ya lo he vivido”, un “otra vez no”.

—No vine a mentirte, Sarah.

—No, viniste a reparar mi casa. Y lo estás haciendo tan bien que ya no sé si me está gustando demasiado.

El silencio volvió, pero esta vez cargado de preguntas sin respuesta.

Entonces, como si la escena no pudiera contener más tensión, un golpe seco vino del pasillo. Sarah se levantó de golpe.

—¡Padre! —exclamó.

Ambos corrieron hacia la habitación del anciano. Lo encontraron en el suelo, entre mantas caídas y un libro abierto. Murmuraba algo entre dientes. Peter se agachó para ayudarlo, pero Andrew ya estaba entrando por la puerta, empapado de lluvia, con una rama en la mano.

viernes, 11 de julio de 2025

El deseo entre las olas.Capitulo 6

Capítulo IV

Sarah lo notó desde la puerta. La forma en que Andrew dejó el cesto sobre la mesa, sin decir una palabra. La manera en que Peter recogió los guantes de trabajo sin mirarlo. Y ese silencio que no era incómodo, sino demasiado ensayado. Como si ambos llevaran días diciéndose cosas sin hablar.

—¿Ocurre algo? —preguntó ella, sirviendo té sin pedir permiso.

—Nada —dijeron los dos al mismo tiempo.

Andrew se sentó junto a la chimenea, pero no tomó el té. Miraba las llamas como si esperara que le contestaran algo. Peter se mantuvo de pie, removiendo el te para disolver el azúcar 

Sarah carraspeó.

—Andrew, ¿que tal tu madre?

—Sí. Estaba preguntando por ti. Te echamos de menos el otro domingo. Preparó cordero. Como te gusta.

—He tenido días... complicados —respondió ella, y miró de reojo a Peter—. Y bastantes reparaciones.

Andrew no dijo nada, pero sus ojos lo dijeron todo. Peter los sintió, como un clavo frío detrás de la nuca.

—¿Te vas a quedar mucho más por aquí, Peter? —preguntó Andrew con voz neutra, sin ironía, pero con filo.

—El tiempo que haga falta —respondió Peter, sin mirarlo.

Sarah sintió la atmósfera volverse más densa que el humo de la chimenea. Fingió buscar algo en un cajón solo para no tener que mirar a ninguno.

—Tu padre ha vuelto, ¿no? —insistió Andrew, girándose por fin hacia Peter—. Me pareció verlo llegar esta mañana. Con la hija del notario.

Sarah se quedó inmóvil, sujetando una cuchara como si fuera de cristal.

—Sí. Llegaron anoche —admitió Peter—. Pero no hemos hablado aún.

—¿Tampoco de la boda?

—No hay boda.

—¿Seguro?

Peter respiró hondo. No respondió.

Andrew sonrió con amargura y se levantó despacio. Caminó hacia la puerta, pero antes de salir se giró hacia Sarah.

—Voy a buscar más leña. Hay un viento raro. Parece que se avecina algo.

Cuando se fue, Sarah cerró la puerta con suavidad. No preguntó. No exigió. Solo se sentó frente a Peter, con la taza entre las manos como si fuera su única defensa.

—¿Es cierto?

—¿El qué?

—Que estabas comprometido. Que aún lo estás.

Peter bajó la cabeza. Sus dedos jugaban con el borde del banco.

—No es lo que crees.

—¿Entonces qué es?

Peter la miró. No como antes, no con ternura ni timidez. La miró con el tipo de verdad que solo se usa cuando todo puede romperse.

—Es algo que intentaron imponerme. Que yo nunca quise. Pero que quizás… me alcancé a resignar a aceptar.

Sarah no respondió. En sus ojos no había reproche, pero sí un cansancio antiguo. Un “ya lo he vivido”, un “otra vez no”.

—No vine a mentirte, Sarah.

—No, viniste a reparar mi casa. Y lo estás haciendo tan bien que ya no sé si me está gustando demasiado.

El silencio volvió, pero esta vez cargado de preguntas sin respuesta.

Entonces, como si la escena no pudiera contener más tensión, un golpe seco vino del pasillo. Sarah se levantó de golpe.

—¡Padre! —exclamó.

Ambos corrieron hacia la habitación del anciano. Lo encontraron en el suelo, entre mantas caídas y un libro abierto. Murmuraba algo entre dientes. Peter se agachó para ayudarlo, pero Andrew ya estaba entrando por la puerta, empapado de lluvia, con una rama en la mano.

martes, 1 de julio de 2025

El deseo entre las olas. Capitulo 5.

V.


Peter no estaba de acuerdo con aquella unión, pero apenas podía discutirlo con su padre. El señor Joseph se encontraba casi siempre fuera del país, atendiendo negocios, y sus conversaciones eran breves, distantes y espaciadas.


Peter salió al porche, encendió un cigarro y ahí estaba Andrew, de pie junto al banco de piedra donde tantas veces Sarah se sentaba a pelar manzanas. El moreno del joven contrastaba con la luz pálida del atardecer. Llevaba aún en la mano un cesto con leña y algo de pan. Había llegado sin hacer ruido, como solía.


—Andrew… —dijo Peter, ladeando la cabeza con una sonrisa tensa—. Qué entrada más oportuna.


—Disculpa si interrumpí algo —respondió Andrew, sin devolver la sonrisa—. No sabía que estabas aquí. Sarah me pidió que trajera unas cosas para su padre.


Se miraron unos segundos. Ni un paso atrás, ni uno adelante. El silencio entre ambos pesaba, pero se sostenía bajo el barniz de la educación.


—¿Así que ayudas por aquí? —preguntó Peter, dando un paso hacia él.


—Cuando puedo —contestó Andrew—. Como he hecho siempre.


Peter asintió despacio, como si no supiera si aquello era una afirmación o una advertencia. Sus ojos se fijaron por un momento en el interior de la casa, donde aún flotaba el eco de la última frase que Sarah le había dicho.


—Qué bien —dijo Peter finalmente—. Sarah debe de agradecer tenerte cerca.


Andrew clavó la mirada en él, esta vez con algo más que cortesía.


—Sí, me tiene cerca desde que tengo uso de razón. Es como de la familia.


Peter le miró interesado


—¿Solo como de la familia?


Andrew no respondió de inmediato. Se limitó a apoyar el cesto en el suelo con más fuerza de la necesaria, pero sin brusquedad. Luego lo miró con frialdad serena, como quien mide sus palabras con cuidado.


—Eso depende de a quién le preguntes. Tú, por ejemplo… ¿cómo la ves tú?


Peter desvió la mirada hacia el mar, como si buscara allí una respuesta menos comprometida.


—Yo la veo como alguien… que merece algo mejor de lo que ha tenido.


Andrew sonrió, esta vez sin calidez.


—Entonces ten cuidado, Peter. Porque a veces lo que uno cree merecer y lo que uno está dispuesto a dar no siempre coinciden.


Una ráfaga de viento les revolvió el cabello a los dos. Ninguno se movió.


Desde el interior, la voz de Sarah llamó a Andrew. Él se giró, tomó el cesto y, antes de entrar, añadió sin volverse:


—Bienvenido a las ruinas.


Peter se quedó solo en el porche, con la sensación incómoda de que alguien había dicho algo con interpretación… aunque no supiera exactamente qué.