lunes, 20 de octubre de 2025
El deseo entre las olas. Capitulo 19
La noche era espesa y el silencio de la casa parecía más pesado que nunca. Frederick se había quedado solo junto al fuego, con una copa a medio vaciar y el pensamiento enredado en la habitación del piso superior, donde Sarah dormía… o al menos fingía hacerlo.
Desde la boda, su salud no había hecho más que empeorar: su voz era un susurro cansado y cada intento de acercamiento terminaba en un gesto esquivo, en un "mañana, Frederick" que nunca llegaba. Él la amaba, la deseaba, recordaba cada segundo de la noche en que fue suya y, sin embargo, cada mirada suya desde entonces parecía recordarle que entre ambos se extendía un muro invisible.
Un leve golpe en la puerta interrumpió sus pensamientos.
—¿Aún despierto? —la voz de Isabella sonó suave, casi cómplice. Con la excusa de cuidar a su prima, hacía ya un mes que se había instalado en la casa.
Frederick alzó la mirada. Ella estaba allí, envuelta en una bata clara, el cabello suelto, los ojos brillantes a la luz temblorosa de las llamas.
—No podía dormir —murmuró él, con una voz que sonó más cansada de lo que pretendía.
Isabella entró sin esperar invitación. Se acercó al fuego, frotándose los brazos.
—Hace frío —susurró—. Siento tanto que te sientas solo…
Frederick apretó los puños.
—No estoy solo. Mi esposa duerme arriba.
—¿Duerme? —repitió ella, con una sonrisa ladeada—. ¿O te evita…?
Sus palabras fueron un dardo certero. Él quiso replicar, pero el aire se volvió denso y el silencio, incómodo. Isabella dio un paso más, luego otro.
—Frederick, los hombres necesitan calor —murmuró—. ¿Para qué es, si no, una esposa? A mí no me importa darte ese calor cada noche…
Hubo un instante en que ambos se quedaron quietos. Bastó ese segundo para que algo se rompiera dentro de él: la soledad, la frustración, la culpa. Isabella alzó la mano, como llevaba haciendo desde su llegada, rozó su rostro… y él no la apartó.
El fuego chisporroteó, proyectando sombras sobre las paredes. Cuando ella apoyó la mano en la nuca de él, Frederick cerró los ojos, sintiendo el peso insoportable de su propio error. No era deseo lo que lo movía, sino el vacío… y un instinto animal.
Un vacío que Isabella confundía con victoria.
Cuando el reloj marcó la medianoche, Isabella se incorporó lentamente.
—No te preocupes —susurró con una media sonrisa—. Regreso a mi alcoba; nadie me verá.
Frederick no respondió. Se quedó mirando las brasas extinguirse, con la conciencia ardiendo.
Arriba, en la habitación, Sarah se removió en sueños, ajena a la traición: sus labios se movieron entre susurros, pronunciando un nombre que soñaba… Peter.
El deseo entre las olas. Capitulo 18
La luz del mediodía entraba a raudales por los ventanales del salón, reflejándose en los jarrones de porcelana y los candelabros dorados. Clarisse giraba frente al espejo, observándose con detenimiento el cuello, donde un collar de perlas descansaba con estudiada elegancia.
—¿Que opinas de este, Peter? —preguntó sin mirarlo, mientras ajustaba un mechón rebelde.
Peter levantó la vista de los papeles que tenía sobre el escritorio.
—Es perfecto —respondió con calma, sin convicción.
Clarisse sonrió apenas, sabiendo que él no la observaba realmente.
—Perfecto —repitió, y se acercó a la ventana—. Los invitados vendrán esta noche. Espero que no llegues tarde otra vez.
Peter asintió, mecánicamente. Había aprendido a responder sin discutir, como quien se protege de una corriente fría. Clarisse, con su belleza impecable y su voz calculada, era la esposa ideal a ojos de todos. Solo él conocía el vacío que llenaba esa perfección.
En la esquina del salón, un piano permanecía cerrado, cubierto por una ligera capa de polvo. Clarisse ya no lo tocaba; hacía tiempo que la música había dejado de interesarle.
—¿Has pensado en el viaje? —preguntó ella, sirviéndose una copa de vino blanco—. Dicen que las aguas son buenas para los nervios… y últimamente pareces más cansado que de costumbre.
Peter la observó por un momento. Los nervios, pensó. Si ella supiera.
Desde que había recibido la carta de la señora Isolde acerca de la delicada salud de la mujer de Frederick no había vuelto a dormir con tranquilidad. No se atrevía a preguntar más, pero las palabra "enfermedad” y el temor lo perseguían.
—Podríamos ir en primavera —respondió al fin, intentando sonar indiferente.
Clarisse alzó una ceja.
—¿En primavera? Para entonces ya estaré ocupada con la temporada. Sabes que necesito estar en Londres.
El silencio cayó entre ambos. Peter apartó la vista hacia el ventanal, donde el cielo comenzaba a cubrirse de nubes. Algo en su pecho se contrajo sin motivo aparente, como si una corriente le advirtiera que en algún lugar, lejos de allí, algo estaba por cambiar.
Clarisse dejó la copa en la mesa y se acercó a él, posando la mano sobre su hombro.
—No pienses tanto, querido —susurró—. Las preocupaciones no te sientan bien.
Peter sonrió levemente, sin levantar la mirada.
Y mientras ella hablaba de fiestas y compromisos, él sintió, sin saber por qué, el eco de un nombre que no pronunciaba hacía meses: Sarah.
sábado, 27 de septiembre de 2025
El deseo entre las olas. Capítulo 17
Sarah regresaba del mercado con el paso cansado, una cesta en cada brazo y el rostro aún sombrío por lo que había presenciado esa mañana en la casa paterna. El forcejeo entre su padre y su hermano seguía retumbándole. Sarah podría encargarle la compra a Ana, la chica del servicio de su casa, pero hay cosas que prefería hacer ella misma y mantenerse activa.
Al llegar al portón, se detuvo unos segundos: en el porche, Isabella reía con desparpajo junto a Frederick. Las visitas de su prima eran continuas, sobretodo si Sarah se ausentaba. Fred parecía incómodo, como si intentara atenderla con cortesía, pero su mirada se desviaba con frecuencia hacia el camino, como si esperara ansioso ver aparecer a Sarah.
Y entonces la vio. Frederick interrumpió la conversación con Isabella de inmediato, bajó los escalones del porche casi corriendo y fue a su encuentro.
—Déjame ayudarte, Sarah —dijo con ternura, quitándole de las manos las pesadas cestas—. No deberías cargar tanto. Estás pálida… ¿te encuentras bien?
Sarah bajó la mirada, sintiendo el rubor subirle por el rostro. Una punzada extraña en el estómago le hizo contener el aliento un instante.
—No es nada —respondió, forzando una sonrisa—. Solo estoy cansada.
Frederick la miró con sincera preocupación, inclinándose para observarla mejor. El gesto protector con que sujetaba las cestas hablaba de un cariño profundo, de un hombre que ya la consideraba parte de su vida.
Isabella, desde el porche, observaba la escena con un nudo de celos en el pecho. Fingió alisar su falda de seda mientras mordía el labio inferior, maldiciendo en silencio. ¿Cómo no había reparado antes en Frederick? Era un hombre atento, educado, con la posición suficiente para garantizarle a una mujer todos los lujos que ella deseaba. Podría haber sido suyo, si no hubiese perdido el tiempo con Peter. Ahora le resultaba insoportable ver cómo Sarah, esa viuda sin gracia y sin ambición, acaparaba todo lo que ella anhelaba.
—Sarah, deberías cuidarte más —dijo Isabella alzando la voz, como si quisiera participar de la intimidad del momento—. ¿No lo notas, Frederick? Tiene el rostro más fino, los ojos cansados…
Sarah se sobresaltó pues Isabella, con esa malicia tan suya, parecía haber notado algo.
Frederick frunció el ceño y pasó suavemente la mano por el brazo de Sarah.
—Si te sientes débil, llamaré al médico. No me gusta verte así.
Sarah negó con la cabeza con rapidez.
—No hace falta —respondió, un poco más brusca de lo que pretendía—. Estoy bien, de verdad.
Pero en el fondo el cansancio la abatía sin motivo y la debilidad reinaba en su cuerpo.
Isabella, mientras tanto, sonrió con astucia. Su prima era tan torpe que ni siquiera comprendía lo que su propio cuerpo le gritaba. Y Frederick, con esa devoción ciega, era un blanco fácil: si Sarah no sabía cuidar de sí misma, tarde o temprano él acabaría buscándolo en otra. Quizás allí residiera su oportunidad.
Sarah apartó la vista, con el corazón encogido. Podía intuir las intenciones de Isabella, pero su mayor angustia no estaba allí, sino en el recuerdo de la miseria de su casa, de su padre debilitado y su hermano perdido en el alcohol. Nadie podía ayudarla en esa vergüenza; ni siquiera se permitiría hablarlo con Frederick, un hombre comprensivo y protector. Bastante había hecho él aceptando casarse con una viuda cuando la sociedad esperaba de ella un luto perpetuo.
Y sin embargo, mientras subía los escalones del porche con el brazo de Fred sosteniéndola, su visión se nubló y su cuerpo se dejó caer.
El deseo entre las olas. Capítulo 15
La tarde caía con un aire denso sobre la casa familiar de Sarah. El calor no lograba ocultar el ambiente pesado que se respiraba dentro: paredes desconchadas, muebles que habían visto mejores tiempos y un silencio quebrado de repente por gritos masculinos.
—¡Dame ese dinero, viejo testarudo! —rugió Mateo, el hermano mayor de Sarah, tambaleándose con el olor a vino que parecía haberle calado hasta los huesos.
El padre de Sarah lo sujetaba por la muñeca con todas las fuerzas que aún le quedaban.
—¡No hay dinero, inútil! ¿Acaso no lo entiendes? ¡Has acabado con todo!
Sarah, que venía a traerle la comida a su padre, se quedó inmóvil al escuchar la refriega. Entró corriendo en la sala y vio la escena: su padre forcejeando con Mateo, los ojos inyectados en sangre de su hermano, la mesa volcada, el suelo regado de migas.
—¡Basta! —gritó ella, dejando la comida encima de una silla antes de que se le cayera de las manos. Se interpuso entre ambos, empujando a Mateo con decisión—. ¡Suéltalo! ¿No ves que lo matas?
El hombre, borracho y derrotado, resopló y finalmente cedió, cayendo en una de las sillas del comedor como un fardo. Murmuró unas palabras ininteligibles antes de cerrar los ojos con rabia. Sarah lo miró con dolor y vergüenza a la vez, mientras su padre, jadeando, se apoyaba en la mesa.
Ese era el día a día en aquella casa: el caos, la ruina y los fantasmas de un pasado mejor.
Hace unos años el padre había confiado en que, casando a Sarah, la familia encontraría un respiro. Había entregado la dote entera a aquel militar de buena planta que aseguraba valores y honor. Pero la verdad era mucho más amarga. El hombre nunca murió en combate, como la familia había contado al pueblo. Se había fugado con otro soldado durante la guerra, desertando, desapareciendo con el dinero y con la confianza de todos. Por eso nunca llegó indemnización, nunca hubo pensión ni ayuda alguna.
Era más digno llorar a un muerto que aceptar la humillación de un desertor que, además, había huido con otro hombre. Pero en casa se sabía la verdad. Sarah, al quedarse viuda, no recibió un céntimo. Había sido usada como moneda de cambio, engañada y después abandonada con la carga de una reputación frágil y un porvenir roto.
Los hijos varones, lejos de levantar la situación, se habían convertido en un peso muerto: vagos, pendencieros y borrachos, incapaces de sostenerse a sí mismos, menos aún a la familia. La finca se iba cayendo a pedazos, las pocas tierras hipotecadas, y las deudas se acumulaban.
Andrew no había exagerado a Peter aquella vez con el "bienvenido a las ruinas". Porque eso era todo lo que quedaba: ruinas de lo que alguna vez fue una familia respetable.
Sarah, viendo a su padre deshecho y a su hermano mayor vencido por la bebida, sintió el peso del pasado como una losa. Y aun así, esa misma mujer habia dado el si quiero de nuevo a Frederick, un hombre que le prometía darle todo lo que en su vida había perdido: estabilidad, cariño, respeto y un hogar.
martes, 23 de septiembre de 2025
El deseo entre las olas. Capítulo 14
El tiempo había pasado como una ráfaga.
La boda de Peter con Clarisse ya era un recuerdo reciente, celebrado con la sobriedad que imponía la enfermedad del notario Arthur. Ahora, instalado en su nuevo hogar con una esposa delicada y reservada, Peter parecía haber aceptado el papel que la familia y el destino le habían impuesto.
Por otro lado, ese día el pueblo entero esperaba con expectación la boda de Frederick con Sarah. Todo el mundo corría de un lado a otro ayudando con los preparativos; los niños de Catalina deambulaban curiosos por el jardín de la casa de los Alvarado, y la tía Elvira y Don Domingo recibían a los invitados de la novia con una cálida acogida, mientras Peter y su padre hacían lo mismo con los del novio.
En la mesa de pruebas del banquete, Catalina cortó un trozo de pan y lo untó en salsa de marisco, ofreciéndoselo a su prima.
—Sarah, prueba este. El marisco siempre ha sido tu debilidad —dijo con una sonrisa.
Sarah aceptó el bocado con naturalidad, pero apenas lo probó, frunció ligeramente el gesto y dejó la servilleta sobre el plato.
—No sé… hoy no me apetece —respondió con una voz queda.
Catalina arqueó una ceja, divertida.
—¿Tú rechazando marisco? Eso sí que es una novedad. Los nervios de la ceremonia no te dejan disfrutar.
Frederick la miró con ternura, sin darle demasiada importancia, y tomó la palabra para distraerla:
—Quizá prefieras la ternera, Sarah.
Ella sonrió con suavidad, agradeciendo que no insistieran. Se mantuvo en silencio, bajando la mirada hacia su plato, como si quisiera ocultar un extraño malestar.
Isabella, desde la otra punta del salón, lo observaba todo con una mezcla de rencor y deseo. Nunca había conseguido apartar a Peter de Clarisse, y esa herida aún le escocía. Ahora veía cómo Frederick —ese hombre maduro, sólido, tan distinto de los muchachos que había conocido— se le escapaba también, atrapado por la sombra dulce de Sarah. La rabia se le acumuló en la garganta, la misma garganta que había animado a Isolde a aceptar a Sarah en la familia.
Mientras sonreía con falsedad a un invitado que le hablaba de flores y guirnaldas, su mente tramaba con frialdad. Quizá bastara una palabra en el momento adecuado, un rumor mal sembrado, un gesto torcido delante de la congregación. Algo que dejara en entredicho la pureza de Sarah y la pusiera en evidencia en plena boda. Isabella sabía bien a quién amaba Sarah en realidad, y usar ese secreto podía ser su arma.
Doña Isolde, que se estaba preparando para el evento, se acercó al ventanal y pudo ver a lo lejos a Sarah, Catalina y Frederick degustando la calidad de las propuestas para el banquete. Se fijó en Sarah recogiendo del suelo uno de los juguetes que los niños de Catalina habían olvidado en su carrera. La joven lo levantó con calma y lo dejó cuidadosamente en el poyete de la ventana, como si fuera un tesoro. La madre de Peter y Frederick la siguió con la mirada unos segundos más de lo necesario. Y en silencio, asintió apenas con la cabeza, como si en su interior confirmara la buena decisión que había tomado.
miércoles, 3 de septiembre de 2025
El deseo entre las olas. Capítulo 13
La casa de los Alvarado estaba en calma aquella tarde. En el salón principal, los ventanales dejaban entrar la luz tibia del otoño y las flores frescas en un jarrón de cristal desprendían un aroma suave. Doña Isolde, la madre de Peter y Frederick, bordaba con paciencia, el gesto sereno, mientras repasaba mentalmente la inminente boda de su hijo menor con la hija del notario.
Fue entonces cuando Isabella apareció en la puerta, vestida con un tono azul oscuro que resaltaba el fuego de su cabello. Entró con una sonrisa impecable, esa que siempre parecía esconder más de lo que mostraba.
—Doña Isolde —dijo con una reverencia ligera—, espero no interrumpir.
—En absoluto, hija —respondió la mujer, levantando la vista de su labor—. Adelante, siéntate conmigo.
Isabella lo hizo, cruzando las manos sobre su regazo con un aire de falsa inocencia.
—He venido porque… bueno, porque me preocupa mi prima Sarah. Usted sabe lo mucho que ha sufrido, la mala suerte que ha tenido en la vida. Y, sin embargo, mírela ahora: tan entera, tan dedicada. Después de la conexión que ha ido surgiendo entre su hijo Frederick y Sarah desde el baile de temporada creo sinceramente que hacen una pareja perfecta, preciosa. Él es un hombre recto, y ella… una mujer buena. Peter me contó que usted teme que cualquiera de ellos termine con una mala mujer...No debería usted juzgarla por ser viuda, cualquiera podría haber pasado por lo mismo.
Doña Isolde ladeó la cabeza, observándola con ojo crítico.
—¿Defiendes tanto a tu prima, Isabella? —preguntó con calma—. Es un gesto noble, pero no todos ven con buenos ojos su pasado.
Isabella sonrió, inclinándose un poco hacia adelante.
—Por eso mismo vengo a hablar con usted. Para que no tenga prejuicios, para que apoye esa unión. Créame, su hijo Frederick se merece ser feliz.
Doña Isolde volvió al bordado, sin levantar la vista.
—Tu prima podrá ser todo lo buena que dices… pero las viudas siempre arrastran consigo cierta sombra. Y yo, querida, pienso en el nombre de mi familia.
Isabella respiró hondo. Era la oportunidad para deslizar su siguiente pieza en el tablero.
—Entonces, hablemos de Peter —dijo, suavizando el tono—. ¿Está usted segura de que Clarisse es lo mejor para él? Esa muchacha es tan… insípida. Apenas pisa el pueblo, no conoce a nadie. Se lo digo con el corazón en la mano: no veo pasión ahí, no veo futuro.
Doña Isolde apretó los labios.
—Clarisse es decente. Bien educada, callada, de buena familia. Nada que ver con… —se detuvo, mirando a Isabella con intención—, con mujeres que, a pesar de su edad, parecen conocer demasiado bien a los hombres.
El comentario fue como un latigazo elegante, y por un instante Isabella perdió la compostura. Se recompuso con una risa ligera, pero sus mejillas ardieron.
Fue entonces cuando la puerta del salón se abrió y apareció Frederick. Entró con paso firme, saludando con respeto primero a su madre y luego a Isabella. Isabella lo miró, y algo extraño ocurrió: se mordió el labio, como si de pronto lo viera con otros ojos. Había en él una seriedad madura, un porte de hombre hecho, distinto al fuego juvenil de Peter.
Durante unos segundos, Isabella se preguntó, turbada, si su corazón realmente latía por Peter… o si la madurez segura de Frederick era lo que en verdad la atraía, nunca lo habia planeado y visto así como hoy lo estaba viendo
Doña Isolde levantó la vista del bordado y miró a Isabella, que aún no apartaba los ojos de su hijo mayor. La dama burguesa entrecerró los ojos, como si acabara de descubrir una grieta en el disfraz perfecto de la chica..
En ese instante, sin embargo, mientras enhebraba de nuevo la aguja, la mente de Isolde viajó en silencio al ver la actitud de las mujeres como la que tenía de lado. Recordó a Sarah cuidando de los niños de Catalina, recordaba la serenidad con la que había soportado las habladurías y cómo se mostraba siempre digna pese a los reveses. “Es verdad… mi hijo no podría encontrar a una mujer así. Tiene nobleza en el carácter, aunque la vida le haya golpeado”, pensó, sorprendida de sí misma por concederle esa virtud.
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