miércoles, 3 de septiembre de 2025

El deseo entre las olas. Capítulo 13

La casa de los Alvarado estaba en calma aquella tarde. En el salón principal, los ventanales dejaban entrar la luz tibia del otoño y las flores frescas en un jarrón de cristal desprendían un aroma suave. Doña Isolde, la madre de Peter y Frederick, bordaba con paciencia, el gesto sereno, mientras repasaba mentalmente la inminente boda de su hijo menor con la hija del notario.

Fue entonces cuando Isabella apareció en la puerta, vestida con un tono azul oscuro que resaltaba el fuego de su cabello. Entró con una sonrisa impecable, esa que siempre parecía esconder más de lo que mostraba.

—Doña Isolde —dijo con una reverencia ligera—, espero no interrumpir.

—En absoluto, hija —respondió la mujer, levantando la vista de su labor—. Adelante, siéntate conmigo.

Isabella lo hizo, cruzando las manos sobre su regazo con un aire de falsa inocencia.

—He venido porque… bueno, porque me preocupa mi prima Sarah. Usted sabe lo mucho que ha sufrido, la mala suerte que ha tenido en la vida. Y, sin embargo, mírela ahora: tan entera, tan dedicada. Después de la conexión que ha ido surgiendo entre su hijo Frederick y Sarah desde el baile de temporada creo sinceramente que hacen una pareja perfecta, preciosa. Él es un hombre recto, y ella… una mujer buena. Peter me contó que usted teme que cualquiera de ellos termine con una mala mujer...No debería usted juzgarla por ser viuda, cualquiera podría haber pasado por lo mismo.

Doña Isolde ladeó la cabeza, observándola con ojo crítico.
—¿Defiendes tanto a tu prima, Isabella? —preguntó con calma—. Es un gesto noble, pero no todos ven con buenos ojos su pasado.

Isabella sonrió, inclinándose un poco hacia adelante.
—Por eso mismo vengo a hablar con usted. Para que no tenga prejuicios, para que apoye esa unión. Créame, su hijo Frederick se merece ser feliz.

Doña Isolde volvió al bordado, sin levantar la vista.
—Tu prima podrá ser todo lo buena que dices… pero las viudas siempre arrastran consigo cierta sombra. Y yo, querida, pienso en el nombre de mi familia.

Isabella respiró hondo. Era la oportunidad para deslizar su siguiente pieza en el tablero.
—Entonces, hablemos de Peter —dijo, suavizando el tono—. ¿Está usted segura de que Clarisse es lo mejor para él? Esa muchacha es tan… insípida. Apenas pisa el pueblo, no conoce a nadie. Se lo digo con el corazón en la mano: no veo pasión ahí, no veo futuro.

Doña Isolde apretó los labios.
—Clarisse es decente. Bien educada, callada, de buena familia. Nada que ver con… —se detuvo, mirando a Isabella con intención—, con mujeres que, a pesar de su edad, parecen conocer demasiado bien a los hombres.

El comentario fue como un latigazo elegante, y por un instante Isabella perdió la compostura. Se recompuso con una risa ligera, pero sus mejillas ardieron.

Fue entonces cuando la puerta del salón se abrió y apareció Frederick. Entró con paso firme, saludando con respeto primero a su madre y luego a Isabella. Isabella lo miró, y algo extraño ocurrió: se mordió el labio, como si de pronto lo viera con otros ojos. Había en él una seriedad madura, un porte de hombre hecho, distinto al fuego juvenil de Peter.

Durante unos segundos, Isabella se preguntó, turbada, si su corazón realmente latía por Peter… o si la madurez segura de Frederick era lo que en verdad la atraía, nunca lo habia planeado y visto así como hoy lo estaba viendo

Doña Isolde levantó la vista del bordado y miró a Isabella, que aún no apartaba los ojos de su hijo mayor. La dama burguesa entrecerró los ojos, como si acabara de descubrir una grieta en el disfraz perfecto de la chica..

En ese instante, sin embargo, mientras enhebraba de nuevo la aguja, la mente de Isolde viajó en silencio al ver la actitud de las mujeres como la que tenía de lado. Recordó a Sarah cuidando de los niños de Catalina, recordaba la serenidad con la que había soportado las habladurías y cómo se mostraba siempre digna pese a los reveses. “Es verdad… mi hijo no podría encontrar a una mujer así. Tiene nobleza en el carácter, aunque la vida le haya golpeado”, pensó, sorprendida de sí misma por concederle esa virtud.

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