miércoles, 16 de julio de 2025

El deseo entre las olas. Capítulo 8

El grito que siguió fue breve, pero suficientemente trágico para que Sarah saliera corriendo para auxiliar a su padre.

Fue Andrew quien lo oyó primero, como siempre que el caos llama a la puerta. Entró en la casa con una rama de higuera en la mano, diciendo que era para "espantar malos presagios". Le encantaba conocer todo sobre su  cultura aborigen. Nadie le creyó, pero nadie se lo discutió tampoco. 

El Señor Domingo fue llevado al hospital, murmurando que todo era culpa de Napoleón, que según él había movido la cama. Nadie quiso corregirle.

Al día siguiente, Sarah aceptó a regañadientes la invitación de Andrew para comer en su casa. Estaba preocupada por su padre que todavía seguía en el hospital magullado. Teresa, la madre adoptiva de Andrew, había preparado cocido y sonrisas. Durante el postre, Andrew, con la inocencia de quien no percibe las bombas antes de pisarlas, comentó:

—Esta mañana vi a Peter en la plaza. Estaba con una chica... alta, pelirroja. Se reían mucho. Creo que era su compañera del colegio. Vino desde San Sebastián solo para verle, eso me dijo Nicolasa, la de la panadería.

Sarah, que hasta ese momento se había estado entreteniendo pescando garbanzos con el tenedor, sintió que uno se le atragantaba con un golpe fuerte en el corazón. No sabía si era el garbanzo o la información, pero ambos tenían la textura del miedo.

—Ahá —dijo, fingiendo indiferencia mientras pensaba: «Me encantaría contarle esto a la hija del notario, a ver qué opina.»

Andrew, ajeno a la tormenta interna, siguió hablando de lo bonita que estaba la plaza con las flores de julio, mientras Sarah masticaba pensamientos que no se digerían fácil.

Esa noche, al volver a casa, Sarah pasó por el cuarto de su padre, ya por fin en casa, dormía plácidamente bajo los efectos de los calmantes. Se sentó a los pies de la cama, con la brocha en la mano, porque ni siquiera había tenido fuerzas para dejarla donde correspondía.

Pensó en Peter, en la pelirroja, en los ojos con los que él la había mirado días atrás, y en lo rápido que ocurren las cosas. Suspiró y se resignó.

"Si alguien tiene que acabar conmigo, que al menos me avise antes, para ponerme rimmel y un vestido decente", pensó, con ese sarcasmo que era su escudo.

Y por primera vez en mucho tiempo, no supo describir lo que sentía.

El deseo entre las olas. Capítulo 7

Sarah lo notó desde la puerta. La forma en que Andrew dejó el cesto sobre la mesa, sin decir una palabra. La manera en que Peter recogió los guantes de trabajo sin mirarlo. Y ese silencio que no era incómodo, sino demasiado ensayado. Como si ambos llevaran días diciéndose cosas sin hablar.

—¿Ocurre algo? —preguntó ella, sirviendo té sin pedir permiso.

—Nada —dijeron los dos al mismo tiempo.

Andrew se sentó junto a la chimenea, pero no tomó el té. Miraba las llamas como si esperara que le contestaran algo. Peter se mantuvo de pie, removiendo el te para disolver el azúcar 

Sarah carraspeó.

—Andrew, ¿que tal tu madre?

—Sí. Estaba preguntando por ti. Te echamos de menos el otro domingo. Preparó cordero. Como te gusta.

—He tenido días... complicados —respondió ella, y miró de reojo a Peter—. Y bastantes reparaciones.

Andrew no dijo nada, pero sus ojos lo dijeron todo. Peter los sintió, como un clavo frío detrás de la nuca.

—¿Te vas a quedar mucho más por aquí, Peter? —preguntó Andrew con voz neutra, sin ironía, pero con filo.

—El tiempo que haga falta —respondió Peter, sin mirarlo.

Sarah sintió la atmósfera volverse más densa que el humo de la chimenea. Fingió buscar algo en un cajón solo para no tener que mirar a ninguno.

—Tu padre ha vuelto, ¿no? —insistió Andrew, girándose por fin hacia Peter—. Me pareció verlo llegar esta mañana. Con la hija del notario.

Sarah se quedó inmóvil, sujetando una cuchara como si fuera de cristal.

—Sí. Llegaron anoche —admitió Peter—. Pero no hemos hablado aún.

—¿Tampoco de la boda?

—No hay boda.

—¿Seguro?

Peter respiró hondo. No respondió.

Andrew sonrió con amargura y se levantó despacio. Caminó hacia la puerta, pero antes de salir se giró hacia Sarah.

—Voy a buscar más leña. Hay un viento raro. Parece que se avecina algo.

Cuando se fue, Sarah cerró la puerta con suavidad. No preguntó. No exigió. Solo se sentó frente a Peter, con la taza entre las manos como si fuera su única defensa.

—¿Es cierto?

—¿El qué?

—Que estabas comprometido. Que aún lo estás.

Peter bajó la cabeza. Sus dedos jugaban con el borde del banco.

—No es lo que crees.

—¿Entonces qué es?

Peter la miró. No como antes, no con ternura ni timidez. La miró con el tipo de verdad que solo se usa cuando todo puede romperse.

—Es algo que intentaron imponerme. Que yo nunca quise. Pero que quizás… me alcancé a resignar a aceptar.

Sarah no respondió. En sus ojos no había reproche, pero sí un cansancio antiguo. Un “ya lo he vivido”, un “otra vez no”.

—No vine a mentirte, Sarah.

—No, viniste a reparar mi casa. Y lo estás haciendo tan bien que ya no sé si me está gustando demasiado.

El silencio volvió, pero esta vez cargado de preguntas sin respuesta.

Entonces, como si la escena no pudiera contener más tensión, un golpe seco vino del pasillo. Sarah se levantó de golpe.

—¡Padre! —exclamó.

Ambos corrieron hacia la habitación del anciano. Lo encontraron en el suelo, entre mantas caídas y un libro abierto. Murmuraba algo entre dientes. Peter se agachó para ayudarlo, pero Andrew ya estaba entrando por la puerta, empapado de lluvia, con una rama en la mano.

viernes, 11 de julio de 2025

El deseo entre las olas.Capitulo 6

Capítulo IV

Sarah lo notó desde la puerta. La forma en que Andrew dejó el cesto sobre la mesa, sin decir una palabra. La manera en que Peter recogió los guantes de trabajo sin mirarlo. Y ese silencio que no era incómodo, sino demasiado ensayado. Como si ambos llevaran días diciéndose cosas sin hablar.

—¿Ocurre algo? —preguntó ella, sirviendo té sin pedir permiso.

—Nada —dijeron los dos al mismo tiempo.

Andrew se sentó junto a la chimenea, pero no tomó el té. Miraba las llamas como si esperara que le contestaran algo. Peter se mantuvo de pie, removiendo el te para disolver el azúcar 

Sarah carraspeó.

—Andrew, ¿que tal tu madre?

—Sí. Estaba preguntando por ti. Te echamos de menos el otro domingo. Preparó cordero. Como te gusta.

—He tenido días... complicados —respondió ella, y miró de reojo a Peter—. Y bastantes reparaciones.

Andrew no dijo nada, pero sus ojos lo dijeron todo. Peter los sintió, como un clavo frío detrás de la nuca.

—¿Te vas a quedar mucho más por aquí, Peter? —preguntó Andrew con voz neutra, sin ironía, pero con filo.

—El tiempo que haga falta —respondió Peter, sin mirarlo.

Sarah sintió la atmósfera volverse más densa que el humo de la chimenea. Fingió buscar algo en un cajón solo para no tener que mirar a ninguno.

—Tu padre ha vuelto, ¿no? —insistió Andrew, girándose por fin hacia Peter—. Me pareció verlo llegar esta mañana. Con la hija del notario.

Sarah se quedó inmóvil, sujetando una cuchara como si fuera de cristal.

—Sí. Llegaron anoche —admitió Peter—. Pero no hemos hablado aún.

—¿Tampoco de la boda?

—No hay boda.

—¿Seguro?

Peter respiró hondo. No respondió.

Andrew sonrió con amargura y se levantó despacio. Caminó hacia la puerta, pero antes de salir se giró hacia Sarah.

—Voy a buscar más leña. Hay un viento raro. Parece que se avecina algo.

Cuando se fue, Sarah cerró la puerta con suavidad. No preguntó. No exigió. Solo se sentó frente a Peter, con la taza entre las manos como si fuera su única defensa.

—¿Es cierto?

—¿El qué?

—Que estabas comprometido. Que aún lo estás.

Peter bajó la cabeza. Sus dedos jugaban con el borde del banco.

—No es lo que crees.

—¿Entonces qué es?

Peter la miró. No como antes, no con ternura ni timidez. La miró con el tipo de verdad que solo se usa cuando todo puede romperse.

—Es algo que intentaron imponerme. Que yo nunca quise. Pero que quizás… me alcancé a resignar a aceptar.

Sarah no respondió. En sus ojos no había reproche, pero sí un cansancio antiguo. Un “ya lo he vivido”, un “otra vez no”.

—No vine a mentirte, Sarah.

—No, viniste a reparar mi casa. Y lo estás haciendo tan bien que ya no sé si me está gustando demasiado.

El silencio volvió, pero esta vez cargado de preguntas sin respuesta.

Entonces, como si la escena no pudiera contener más tensión, un golpe seco vino del pasillo. Sarah se levantó de golpe.

—¡Padre! —exclamó.

Ambos corrieron hacia la habitación del anciano. Lo encontraron en el suelo, entre mantas caídas y un libro abierto. Murmuraba algo entre dientes. Peter se agachó para ayudarlo, pero Andrew ya estaba entrando por la puerta, empapado de lluvia, con una rama en la mano.

martes, 1 de julio de 2025

El deseo entre las olas. Capitulo 5.

V.


Peter no estaba de acuerdo con aquella unión, pero apenas podía discutirlo con su padre. El señor Joseph se encontraba casi siempre fuera del país, atendiendo negocios, y sus conversaciones eran breves, distantes y espaciadas.


Peter salió al porche, encendió un cigarro y ahí estaba Andrew, de pie junto al banco de piedra donde tantas veces Sarah se sentaba a pelar manzanas. El moreno del joven contrastaba con la luz pálida del atardecer. Llevaba aún en la mano un cesto con leña y algo de pan. Había llegado sin hacer ruido, como solía.


—Andrew… —dijo Peter, ladeando la cabeza con una sonrisa tensa—. Qué entrada más oportuna.


—Disculpa si interrumpí algo —respondió Andrew, sin devolver la sonrisa—. No sabía que estabas aquí. Sarah me pidió que trajera unas cosas para su padre.


Se miraron unos segundos. Ni un paso atrás, ni uno adelante. El silencio entre ambos pesaba, pero se sostenía bajo el barniz de la educación.


—¿Así que ayudas por aquí? —preguntó Peter, dando un paso hacia él.


—Cuando puedo —contestó Andrew—. Como he hecho siempre.


Peter asintió despacio, como si no supiera si aquello era una afirmación o una advertencia. Sus ojos se fijaron por un momento en el interior de la casa, donde aún flotaba el eco de la última frase que Sarah le había dicho.


—Qué bien —dijo Peter finalmente—. Sarah debe de agradecer tenerte cerca.


Andrew clavó la mirada en él, esta vez con algo más que cortesía.


—Sí, me tiene cerca desde que tengo uso de razón. Es como de la familia.


Peter le miró interesado


—¿Solo como de la familia?


Andrew no respondió de inmediato. Se limitó a apoyar el cesto en el suelo con más fuerza de la necesaria, pero sin brusquedad. Luego lo miró con frialdad serena, como quien mide sus palabras con cuidado.


—Eso depende de a quién le preguntes. Tú, por ejemplo… ¿cómo la ves tú?


Peter desvió la mirada hacia el mar, como si buscara allí una respuesta menos comprometida.


—Yo la veo como alguien… que merece algo mejor de lo que ha tenido.


Andrew sonrió, esta vez sin calidez.


—Entonces ten cuidado, Peter. Porque a veces lo que uno cree merecer y lo que uno está dispuesto a dar no siempre coinciden.


Una ráfaga de viento les revolvió el cabello a los dos. Ninguno se movió.


Desde el interior, la voz de Sarah llamó a Andrew. Él se giró, tomó el cesto y, antes de entrar, añadió sin volverse:


—Bienvenido a las ruinas.


Peter se quedó solo en el porche, con la sensación incómoda de que alguien había dicho algo con interpretación… aunque no supiera exactamente qué.


domingo, 15 de junio de 2025

El deseo entre las olas. Capitulo 4

IV.

—¡Andrew! Pero qué susto nos has dado —dijo Sarah, llevándose la mano al pecho.

—Perdonen… no sabía que las maderas crujían tanto. A mí es que me gusta comer, y todo esto me delata —respondió él, sonriendo con aire culpable mientras se rascaba la cabeza.

Andrew conocía a Peter desde el colegio; habían estudiado juntos. Era un chico joven, moreno y de constitución robusta. Sus padres adoptivos, incapaces de tener hijos propios, lo habían traído desde America del sur, fruto —según las malas lenguas— de un idilio entre su padre y una mujer indígena durante uno de sus viajes en barco al extranjero.

El señor Alejandro lo trajo a España siendo aún un bebé, y Teresa, su esposa, una mujer dulce y amable, lo crió como si fuera suyo. Siempre habían estado pendientes de Sarah y, en numerosas ocasiones, la habían invitado a comer con su padre. En la casa de Alejandro y Teresa, tanto Sarah como su padre encontraban algo parecido al calor de un hogar verdadero.

Andrew era un chico solitario. Pese a su carácter tranquilo, la mayoría se alejaba de él por el simple hecho de ser moreno, como si el color de su piel fuera contagioso. Y aunque sus padres intentaron concertar matrimonios con familias bien posicionadas, todas rechazaban la idea de tener descendencia que no compartiera su tono de piel.

Para Sarah, Andrew era como un hermano pequeño. Lo había criado casi sin darse cuenta, pues pasó gran parte de su infancia en casa de Teresa. La muerte prematura de la madre de Sarah la había dejado muy sola, y su padre, siempre trabajando, apenas tenía tiempo para ella. Así que jugar y cuidar de Andrew fue una forma de llenar ese vacío, y al mismo tiempo, de ofrecer agradecimiento a la mujer que tanto la había acogido.

Ahora, sin decirlo en voz alta, ambos se veían reflejados el uno en el otro: él, un joven juzgado por su piel; ella, una viuda arruinada, ignorada por su entorno. Los dos, a su manera, aprendían a resistir las etiquetas de un mundo ciego al corazón.

Andrew no pudo evitar sorprenderse al ver a Peter hablando con Sarah. Desde su rincón, había alcanzado a escuchar algo de la conversación, y le pareció atrevida, incluso osada, la forma en que Peter se dirigía a ella. Sobre todo porque Andrew sabía bien que hacía dos años que Peter estaba comprometido con la hija del notario.

miércoles, 11 de junio de 2025

El deseo entre las olas. Capítulo 3

Desde aquel día, Peter empezó a visitar la casa ruinosa de Sarah. La ayudaba con reparaciones, traía madera y pan, y hablaban durante horas bajo un techo que crujía más de la cuenta. Ella, entre clavos, pintura y risas, volvió a sonreír, aunque con esa cautela suave y digna de quien ha sobrevivido a demasiadas pérdidas.


Peter no preguntaba demasiado, pero escuchaba como si cada palabra suya —incluso las más triviales— merecieran. A veces la observaba en silencio mientras ella hablaba del color que quería para las cortinas o del nombre del gato del vecino. Pero no era distracción: era deseo contenido, era fascinación. Había algo en su voz, en sus manos manchadas de pintura, en la forma en que se recogía el pelo sin darse cuenta, que le resultaba irresistible.


Él no lo habría podido explicar, pero estar cerca de Sarah lo ponía tenso de una forma dulce. Como si todo su cuerpo se esforzara por no delatar lo que ya sabía su alma: que la deseaba, no como a un capricho de juventud, sino como se desea lo que se respeta y se admira.


Una tarde, mientras el sol ponía oro en las tejas agrietadas, Peter se mostró distinto.


—¿Se ha planteado alguna vez… rehacer su vida? —preguntó sin mirarla, como si temiera que el contacto visual lo traicionara.


Sarah se giró hacia él, sorprendida por el tono más que por la pregunta.


—Joven...soy una mujer en todos los sentidos en ruinas.


Peter la miró por fin, y en su mirada había un calor inesperado. Como si en esas ruinas él viera algo más.


—Hay ruinas que no necesitan restauración —dijo, casi en un susurro—. Solo alguien que sepa vivir dentro de ellas.


Ella lo miró con unos ojos diferentes que despiertan las cosas que podrían cambiarlo todo.


—¿Qué podría ver alguien en estas ruinas, Peter? —preguntó, sin apartar la vista esta vez.


Él tragó saliva…


Un golpe seco interrumpió el momento. Ambos giraron la cabeza al mismo tiempo.

martes, 3 de junio de 2025

El deseo entre las olas. Capitulo 2

Seducida por aquellos ojos brillantes y carnosos labios que la miraban divertidos Sarah respondió sorprendida:

—Gracias, joven… — tomando la flor con delicadeza, como si sus manos no supiesen recibir un gesto amable— Lamento mucho aturdir tu paseo con mi llanto en esta soleada mañana, en medio de este jardín precioso al cual has venido a despejarte.

—No se lamente — respondió el muy seguro - llorar es necesario, es natural, uno puede llorar y reir donde quiera, desahogarse entre arboles es terapéutico y sanador, usted no lo sabía?- Pausó con un breve silencio mientras ella miraba la flor- No quisiera entrometerme, no responda si no lo considera, pero que le causa tanta pena?

-He perdido todo lo que una mujer puede perder sin morirse en el intento.

Peter no dijo nada, pero dejó que el silencio hiciera espacio para la continuar. Ella respiró hondo, como si por fin le hubieran dado permiso para hablar.

—He perdido la fortuna, mi casa se desmorona, las bisagras crujen y no me llegan las manos para cambiar los cubos de agua de las goteras, mi anciano padre esta perdiendo la vista, necesitado de cuidados y yo, para desgracia, soy mujer. No puedo trabajar como querría donde una mujer viuda en esta sociedad por tal escándalo es una vergüenza en cualquier lugar.

Hizo una pausa, secándose una lágrima y continuó...

—Viuda de un hombre, oficialmente caído en combate. Extraoficialmente, los susurros entre las tazas de té de la alta sociedad apuntan a una pasión incontrolable surgida en las trincheras con un marinero ruso, y a que la guerra le vino de perlas para fugarse con la mejor de las coartadas: morirse.

Peter bajó la vista, como si esa historia pesara más de lo esperado.
Ella bajó la mirada hacia la flor, que ahora giraba entre sus dedos.

—Así que… gracias por esta flor. Puede parecer poca cosa, pero hoy es lo único vivo que puede dar color a mi hogar.

Peter se aclaró la garganta, visiblemente incómodo por tanto drama ajeno, pero también conmovido.

—Puedo traerle más flores… y pan. Puedo ayudarle con los clavos y la pintura en su casa si quiere.
—¿También sabe curar padres y limpiar el nombre de mujeres arruinadas? —preguntó ella, con una ceja en alto.
—No —admitió él—. Pero sé arreglar bisagras y cargar cubos de agua. Para empezar 😌