miércoles, 3 de septiembre de 2025

El deseo entre las olas. Capítulo 13

La casa de los Alvarado estaba en calma aquella tarde. En el salón principal, los ventanales dejaban entrar la luz tibia del otoño y las flores frescas en un jarrón de cristal desprendían un aroma suave. Doña Isolde, la madre de Peter y Frederick, bordaba con paciencia, el gesto sereno, mientras repasaba mentalmente la inminente boda de su hijo menor con la hija del notario.

Fue entonces cuando Isabella apareció en la puerta, vestida con un tono azul oscuro que resaltaba el fuego de su cabello. Entró con una sonrisa impecable, esa que siempre parecía esconder más de lo que mostraba.

—Doña Isolde —dijo con una reverencia ligera—, espero no interrumpir.

—En absoluto, hija —respondió la mujer, levantando la vista de su labor—. Adelante, siéntate conmigo.

Isabella lo hizo, cruzando las manos sobre su regazo con un aire de falsa inocencia.

—He venido porque… bueno, porque me preocupa mi prima Sarah. Usted sabe lo mucho que ha sufrido, la mala suerte que ha tenido en la vida. Y, sin embargo, mírela ahora: tan entera, tan dedicada. Después de la conexión que ha ido surgiendo entre su hijo Frederick y Sarah desde el baile de temporada creo sinceramente que hacen una pareja perfecta, preciosa. Él es un hombre recto, y ella… una mujer buena. Peter me contó que usted teme que cualquiera de ellos termine con una mala mujer...No debería usted juzgarla por ser viuda, cualquiera podría haber pasado por lo mismo.

Doña Isolde ladeó la cabeza, observándola con ojo crítico.
—¿Defiendes tanto a tu prima, Isabella? —preguntó con calma—. Es un gesto noble, pero no todos ven con buenos ojos su pasado.

Isabella sonrió, inclinándose un poco hacia adelante.
—Por eso mismo vengo a hablar con usted. Para que no tenga prejuicios, para que apoye esa unión. Créame, su hijo Frederick se merece ser feliz.

Doña Isolde volvió al bordado, sin levantar la vista.
—Tu prima podrá ser todo lo buena que dices… pero las viudas siempre arrastran consigo cierta sombra. Y yo, querida, pienso en el nombre de mi familia.

Isabella respiró hondo. Era la oportunidad para deslizar su siguiente pieza en el tablero.
—Entonces, hablemos de Peter —dijo, suavizando el tono—. ¿Está usted segura de que Clarisse es lo mejor para él? Esa muchacha es tan… insípida. Apenas pisa el pueblo, no conoce a nadie. Se lo digo con el corazón en la mano: no veo pasión ahí, no veo futuro.

Doña Isolde apretó los labios.
—Clarisse es decente. Bien educada, callada, de buena familia. Nada que ver con… —se detuvo, mirando a Isabella con intención—, con mujeres que, a pesar de su edad, parecen conocer demasiado bien a los hombres.

El comentario fue como un latigazo elegante, y por un instante Isabella perdió la compostura. Se recompuso con una risa ligera, pero sus mejillas ardieron.

Fue entonces cuando la puerta del salón se abrió y apareció Frederick. Entró con paso firme, saludando con respeto primero a su madre y luego a Isabella. Isabella lo miró, y algo extraño ocurrió: se mordió el labio, como si de pronto lo viera con otros ojos. Había en él una seriedad madura, un porte de hombre hecho, distinto al fuego juvenil de Peter.

Durante unos segundos, Isabella se preguntó, turbada, si su corazón realmente latía por Peter… o si la madurez segura de Frederick era lo que en verdad la atraía, nunca lo habia planeado y visto así como hoy lo estaba viendo

Doña Isolde levantó la vista del bordado y miró a Isabella, que aún no apartaba los ojos de su hijo mayor. La dama burguesa entrecerró los ojos, como si acabara de descubrir una grieta en el disfraz perfecto de la chica..

En ese instante, sin embargo, mientras enhebraba de nuevo la aguja, la mente de Isolde viajó en silencio al ver la actitud de las mujeres como la que tenía de lado. Recordó a Sarah cuidando de los niños de Catalina, recordaba la serenidad con la que había soportado las habladurías y cómo se mostraba siempre digna pese a los reveses. “Es verdad… mi hijo no podría encontrar a una mujer así. Tiene nobleza en el carácter, aunque la vida le haya golpeado”, pensó, sorprendida de sí misma por concederle esa virtud.

martes, 2 de septiembre de 2025

El deseo entre las olas. Capitulo 12

La mesa del salón estaba servida con una vajilla fina, y el aroma de la comida llenaba la estancia. Sarah se sentó junto a Isabella, con los pensamientos dispersos de la noche anterior. Los niños de Catalina gritaban, jugando por la estancia, mientras se batían en duelo con espadas de madera. Su tía y su padre todavía comentaban la aparatosa caída del señor Domingo, que lo mantuvo postrado en cama unos días.

—Te lo tengo que contar —empezó Isabella, inclinándose un poco hacia Sarah, con esa sonrisa traviesa que siempre presagiaba lío—. Peter me ha confiado un secreto de familia.

Sarah asintió distraída, apenas levantando la mirada.

—En junio —continuó Isabella— se casará con Clarisse, la hija del notario. Una joven que apenas viene al pueblo. Vive con su tía desde pequeña, porque sus padres decidieron que fuera mejor criarla en un lugar tranquilo. Solo tuvieron un hijo, a Clarisse, a quien siempre han sobreprotegido mucho. Peter… bueno, Peter casi no la conoce. Solo la ha visto en contadas ocasiones, cuando el padre de Peter la acercaba en su carruaje, por cortesía, al pueblo al volver de sus viajes de negocios.

Sarah fingió poco interés, pero por dentro se preguntaba si Peter todavía continuaría en realidad con ese enlace impuesto.

—El padre de Peter —dijo Isabella, en un tono confidencial— siempre le tuvo mucho cariño a Clarisse. Casi como si fuera su hija. Y desde hace unos años que planea este enlace. Ahora que el señor Arthur, el notario, está enfermo, cree que Peter debe casarse ya, antes de que sea demasiado tarde y tenga que cerrar la notaría por no tener un hijo varón a quien dejar el negocio. Según él, Clarisse es la mujer ideal para su hijo… aunque a Peter nunca se lo haya preguntado.

Isabella bajó un poco la voz, como para añadir un toque de picardía.
—Yo creo que es un error —dijo—. ¿No lo notas? Peter no la quiere… no de la manera que yo siento que quiere Peter... Lo sé por cómo a mí me mira.

Sarah la miró con sorpresa. Isabella había notado la cálida relación entre Peter y Sarah, y le encantaba que Frederick estuviese tan empeñado con Sarah… porque eso despejaba el camino hacia Peter. Al fin y al cabo, Frederick era ideal para su prima, era un hombre de su edad.

Sarah levantó un poco la mirada, sin mostrar emociones. Isabella la miraba con el orgullo de alguien que se siente triunfante.

Sarah sonrió levemente, aunque su corazón se encogió. Era imposible, no podía ser cierto… Peter no podía amar a otra que no fuera ella. No quería que esa idea calara en su mente, y sin embargo, Isabella la había sembrado con facilidad.

El resto de la comida continuó con risas y comentarios triviales, pero Sarah apenas prestaba atención. Su mente repasaba el calor del contacto con Peter en el granero, cómo se miraban y se besaban, y cómo había sentido que solo ella existía en su mundo.

Isabella, por su parte, siguió sonriendo, mientras observaba cómo su prima se sumía en sus pensamientos. En su interior, todo comenzaba a encajar: Frederick enamorado de Sarah, Clarisse, una torpe distraída sin pulso ni latido, y Peter todavía pendiente de lo que su corazón realmente deseaba. La jugada estaba en marcha.

El deseo entre las olas. Capitulo 11

La noche ya había caído, con una luna blanca que bañaba el camino. Peter caminaba con pasos largos, casi violentos, como si cada uno le quemara los pies. En su mente se repetía la imagen de Frederick, sonriendo a su madre al hablar de Sarah, describiendo la dulzura de sus gestos, la manera en que sus ojos brillaban cuando bailaron.

Aquello le estaba devorando. ¿Por qué él, su propio hermano, se había atrevido a dar un paso que él no había sido capaz?

Llegó a la casa de Sarah sin pensar. No había plan, solo enfado, solo el fuego que le ardía por dentro. La vio en el granero, asegurando las compuertas de los animales, con la suave luz de un farol iluminando su silueta. El olor a madera y a tierra cálida llenaba el ambiente.

Peter apoyó la mano en la puerta, la empujó, y el ruido la hizo girarse.

—¿Peter? —dijo Sarah, sorprendida, con un mechón suelto que le caía sobre la mejilla.

Él no respondió de inmediato. La miró con intensidad, esa que pocas veces había dejado escapar, y dio un paso hacia ella.

—Tenía que verte —susurró, con la voz cargada de algo más que palabras.

Sarah parpadeó, nerviosa, intentando mantener la compostura.
—¿Ocurre algo?

Peter, con cara de enfado, contestó:
—Frederick... —tragó saliva— ...es mi hermano... —se detuvo un instante, mordiéndose la rabia—.

Sarah palideció y entendió la grata sensación que le produjo Frederick; claramente algo conocía de antes, su sangre.

Peter prosiguió, más relajado al ver que fue una sorpresa descubrirlo para Sarah:
—No podía quedarme sin saber... qué pensaste de mi hermano.

Sarah arqueó las cejas, sorprendida por el tono del joven; parecía que escondía un reproche que no entendía.
—Es un hombre amable, educado. Bailamos, como todo el mundo... —respondió, algo a la defensiva.

Peter dio otro paso, ya tan cerca que podía sentir el calor de su respiración.
—Sarah... —su voz se volvió más grave— lo siento, pero no soporto la idea de que él te mire como yo te miro.

Un silencio denso cayó sobre ellos, un silencio que pesaba más que cualquier palabra. Ella quiso replicar, pero se encontró sin voz cuando él tomó su cintura, acercándola hacia sí. Un ligero gemido se le escapó, involuntario, al sentirlo tan cerca.

—No he dejado de desearte desde el primer día —confesó, mirándola fijamente—. Y esta noche... he venido para que lo sepas.

El farol osciló levemente, proyectando sombras doradas sobre la paja. Sarah no se movió cuando Peter inclinó el rostro hacia el suyo. El beso fue lento, como una pregunta que temía la respuesta. Pero, cuando ella le correspondió, todo se rompió.

Las manos de ella buscaron el rostro de él y Peter sostuvo la cintura. El banco del granero crujió al recibirlos cuando se dejaron caer suavemente, entre la penumbra y la luz temblorosa. Los labios apenas se separaban, los dedos de Peter recorrían telas, nudos, botones, con la urgencia contenida del deseo.

Peter la miró, apenas unos centímetros entre ellos, con la respiración entrecortada.
—¿Puedo...?

La posó sobre la paja; no podía creer lo sexy que le resultaba esa mujer mayor, con los hombros desnudos y el cabello suelto, toda para él.

Sarah no contestó con palabras a la pregunta. Fue su mirada fija y brillante. Él recorrió sus muslos; la palpó, tan húmeda, que se dio cuenta de que eso ya daba permiso a lo inevitable. Sarah dio un gemido, reducido al sonido de sus corazones y al leve vaivén de roce que comenzó a dar la paja contra su piel.

sábado, 30 de agosto de 2025

El deseo entre las olas. Capitulo 10

La casa estaba iluminada tenuemente cuando Frederick llegó. El carruaje se alejó por el camino de grava y él entró quitándose los guantes, todavía con la emoción del baile palpitándole en las manos.

En el salón, la chimenea lanzaba destellos dorados que dibujaban sombras en las paredes. Su madre, Doña Isolde, estaba sentada en un sillón alto, con el porte de quien ha visto demasiado mundo para impresionarse. A su lado, el abuelo dormitaba, aunque sus dedos tamborileaban sobre el bastón, señal de que escuchaba a medias.

En un rincón de la sala, sentado en un banco bajo la ventana y con el cuerpo apoyado contra la pared, un joven leía absorto, como si el resto del mundo no existiera.

—¿Qué tal el baile? —preguntó Isolde, dejando la costura sobre su regazo—. ¿Alguna moza que merezca la pena?

Frederick sonrió con una calidez inusual en él.

—Sí… —dijo con voz suave—. Sí, madre. La hubo.

Los ojos de Isolde se entrecerraron con un brillo curioso.

—¿Ah, sí? ¿Y quién es esa que ha conseguido que vuelvas a casa con esa cara de muchacho enamorado?

Frederick avanzó hacia la chimenea y dejó los guantes sobre la repisa. Miró el fuego un instante antes de responder.

—Su nombre es Sarah. —Pronunció cada sílaba como si la saboreara—. Es... especial. Inteligente, reservada… y con una elegancia sencilla imposible de imitar.

Isolde arqueó las cejas, pero no interrumpió. Frederick prosiguió:

—Es viuda —añadió, con un tono que parecía querer protegerla incluso en su ausencia—. No hace mucho perdió a su esposo. Pero se le nota la fuerza… la dignidad. Como si llevara el dolor de la manera más discreta posible.

La madre apretó los labios.

—¿Viuda, dices? —preguntó, sin ocultar el leve tinte de desaprobación—. Ya sabes que nunca me gustó la idea de que os mezclarais con mujeres marcadas por... un pasado.

Frederick se volvió hacia ella, sin perder la calma.

—Madre… Nadie está libre de pasado. Ni siquiera yo.

Isolde hizo un leve gesto, como quien recuerda algo incómodo.

—Solo espero que no sea otra equivocación —dijo, con una mirada significativa que evocaba fantasmas antiguos—. Como aquella mujer que, por suerte, desapareció de tu vida sin avisar.

Frederick bajó un poco la mirada, pero no perdió su tono ilusionado.

—Sarah no es como ella. No hay artificio, ni ambición, ni… esa prisa por atraparme que tenía la otra. Con Sarah siento… que puedo volver a empezar.

Doña Isolde suspiró, resignada.

—¿Tanto te ha impresionado en un solo baile?

Frederick sonrió.

—Más que nadie en toda mi vida.

El silencio volvió a llenar el salón. El fuego crepitó suavemente. El muchacho silencioso del banco siguió leyendo sin interesarse ni levantar la vista.

Frederick se inclinó para besar la mano de su madre y hacer una ligera reverencia al abuelo. Luego salió por la puerta, dejando atrás la tibia luz de la chimenea.

Doña Isolde lo siguió con la mirada un instante, y entonces se volvió hacia el joven que seguía leyendo junto a la ventana.

—¿Y a ti qué tal te fue en el baile, Peter?

El joven levantó lentamente los ojos del libro. La llama de la chimenea iluminó su rostro, revelando la verdad que nadie esperaba.

-Muy bien madre.


El deseo entre las olas. Capitulo 10

El Baile de la Temporada

La invitación llegó en una bandeja de plata, traída por la prima mayor de Sarah, Catalina, una mujer que nada tenía que ver con su hermana Isabella. Tenía un porte elegante, pero su sonrisa no escondía veneno. Al contrario, había en ella una calidez sincera que tranquilizaba. 

Catalina llevaba muchos años casada con Esteban de Villareal, un comerciante próspero dedicado a las rutas marítimas entre Cádiz y las Antillas. Su matrimonio era sólido, respetuoso y, según los rumores, más basado en la amistad y el cariño tranquilo que en la pasión. Tenían dos hijos pequeños, a quienes adoraban, y vivían en una hermosa finca cerca de la costa gaditana.

—Querida —dijo Catalina, sentándose junto a Sarah—, debes venir al baile de la temporada. No se trata solo de música y vestidos. Es… una oportunidad. Muchas mujeres viudas como tú han encontrado ahí un segundo comienzo.

Sarah arqueó una ceja, divertida y sorprendida.

—¿Quieres que vaya a buscar marido?

—Quiero que vayas a buscar vida —respondió Catalina, con dulzura firme—. No puedes seguir pintando sillas y fingiendo que eso es suficiente.

Sarah sonrió apenas. Era cierto que la idea le generaba curiosidad, pero no quería reconocerlo. Catalina la abrazó antes de irse, dejando una sensación de apoyo genuino, tan distinta a la tensión que Isabella solía dejar a su paso.

La casa solariega donde se celebraba el baile estaba decorada con hermosas flores frescas. Había carruajes en la entrada, perfumes flotando en el aire y risas que parecían de otra época. Sarah, con un vestido marfil que Catalina le había prestado, se sintió distinta, casi… parte de algo nuevo.

Apenas cruzó la entrada, sus ojos buscaron a Peter. Lo encontró en la galería, inclinado hacia Isabella, que reía con esa risa ensayada que parecía salir de un escenario. Sarah respiró hondo, tratando de ignorar la punzada en su pecho.

Fue entonces cuando lo sintió: una mirada fija desde lejos.

Un hombre elegante, de porte impecable, se encontraba apoyado en una columna. No hacía nada, no decía nada… solo la observaba, como si estudiara cada gesto, cada paso, con la calma de quien espera el momento exacto para acercarse. Y cuando Sarah desvió la mirada, él sonrió apenas, como quien acaba de obtener una respuesta silenciosa.

Mientras la orquesta comenzaba a tocar un nuevo vals, Sarah charlaba con Catalina de lo bello que parecía el evento.

El caballero de la columna se adelantó entre la multitud. Se detuvo frente a ella, inclinándose con una cortesía que parecía de otra época.

—Perdone, señorita… ¿me concede este baile? —dijo con voz grave y segura.

Sarah lo miró, un poco desconcertada pero fascinada. Catalina asintio animandola como si lo conociera. Él sostuvo su mirada un segundo más de lo necesario en Sarah.

—Me llamo Frederick —añadió, con una ligera reverencia—. Y sería un honor bailar con usted.

Mientras giraban en la pista, Frederick habló apenas, pero algo en él la hacia recordar gratas sensaciones y cada palabra que decía parecía cargada de intención.

—Debo confesarle...te.. que te observaba desde hace un buen rato —admitió—. Parecías… diferente a las demás. Como si no quisieras estar aquí y, sin embargo, iluminaras la sala sin darte cuenta.

Sarah sintió el rubor subiéndole a las mejillas. No estaba acostumbrada a halagos así, mucho menos de un extraño tan directo.

—¿Sueles decir eso a todas las que invitas a bailar? —preguntó, con una mezcla de ironía y timidez.

Frederick sonrió, bajando la voz.

—No. Solo a las que me hacen olvidar por un instante que hay gente alrededor.

Desde la pista, Sarah alcanzó a ver cómo Peter tomaba la mano de Isabella para llevarla a la terraza. Reían, brindaban, parecían disfrutar de una complicidad que le dolía como una astilla clavada en el pecho.

Frederick siguió su mirada, pero no dijo nada. Solo apretó suavemente su mano y la guió por la pista como si quisiera recordarle que esa noche era suya.

Al terminar la música, Catalina apareció sonriente.

—¡Qué bien bailaste, querida! —exclamó, tomando a Sarah del brazo—. ¿Ves? Tenía razón. Nunca se sabe cuándo una nueva historia puede empezar. Frederick es un hombre muy atractivo, un hombre respetable muy buen amigo de mi esposo. Esteban lo aprecia mucho es un hombre de palabra. Nunca se ha casado...o bueno, casi. Hace años estuvo prometido, ella era mayor que él, mucho mayor. Iba a anunciar su compromiso en un baile, como este… pero dos semanas antes de la fecha, ella desapareció.

Sarah se sorprendió, no se lo esperaba pero su mente estaba dividida entre la calidez de Frederick y la imagen de Peter e Isabella riendo juntos al fondo del salón.

Mientras tanto, en la terraza, Isabella le decía a Peter:

—¿Sabías que Frederick parece interesado en Sarah? —preguntó con voz suave, pero cargada de intención—. Sería curioso que se enamoraran, ¿no crees?

Peter no respondió nada. Solo apretó la copa con fuerza.

Y la música volvió a empezar… pero ya nada sonaba igual.

miércoles, 27 de agosto de 2025

El deseo entre las olas. Capitulo 9

Sarah no esperaba encontrar a nadie en la tienda de tejidos aquella tarde, mucho menos a una mujer pelirroja envuelta en un vestido vaporoso, con la seguridad de quien entra como si la estuvieran esperando. Y mucho menos esperaba que esa mujer girara la cabeza, sonriera como una postal de verano, y dijera con voz melosa:

—Sarah... ¡pero qué sorpresa!

Sarah tardó unos segundos en procesarlo. El acento, los ojos de gata, los labios carnosos. No podía ser.

—¿Isabella?

La pelirroja abrió los brazos, exageradamente.

—¡Tu prima Isabella! ¿No me reconoces? Ay, claro, yo he cambiado, ya no soy la niña que se comía los botones de nácar de la abuela.

—Y que le cortó el pelo al gato —murmuró Sarah, todavía atónita.

—Un accidenteeee —sonrió Isabella, con una teatralidad que haría palidecer a las actrices de época.

Sarah era 15 años mayor que Isabella, la había tratado muy poco. Sus familias no eran muy arrimadas pero siempre le dió la sensación de que Isabella era de una pasta muy distinta a ella. A pesar de ser más pequeña que Sarah siempre quiso arrebatar todo el cariño de su abuela para ella inventándose cosas falsas sobre Sarah para difamarla.

Detrás de ella apareció la tía Elvira, aún con el cabello recogido en un moño imperial y mirada de escáner.

—Querida —dijo, con un beso al aire a cinco centímetros de su mejilla—. Hemos venido de Donosti por unos días. Peter fue tan amable de invitarnos.

Ahí. En esa frase. Ahí se le heló el corazón a Sarah.

—¿Peter... os invitó?

—Bueno —dijo Isabella con una sonrisa que podría haberse servido con cuchillo y tenedor—, nos cruzamos en una exposición en Madrid hace dos semanas. ¡Tan encantador como siempre! Desde entonces no hemos parado de hablar y me escribió para vernos. Nos conocemos desde el colegio, hemos estudiado juntos. Me sorprendió mucho cuando me dijo que te conocía porque claramente con la de años que le llevas no se en que circulo social os habreis conocido, es algo que no me aclaro...tampoco entiendo vuestra amistad, no viene a cuento que una viuda deje entrar en su casa a un hombre joven, en edad casamentera. Peter tiene que salir, socializar, no meterse a arreglar las ruinas de nadie Sarah. Estos días han sido maravillosos me ha enseñado tanto... sobre este pueblo, sobre la gente...

Sarah tragó saliva. A la vista del resto, parecía una reacción alérgica al polen. Pero por dentro, era el equivalente emocional a ser atropellada por un carruaje dorado y tirado por caballos con mechas rubias.

—Oh, Sarah —continuó Isabella, como quien deja caer una bomba —, deberíamos hacer algo juntas. ¡Como en los viejos tiempos! Aunque claro... yo ahora tengo muy poco tiempo libre, entre los paseos con Peter, las lecturas, las visitas al jardín botánico...

Sarah sintió que estaba a punto de arrancar una cortina y envolverle la cabeza con ella.

—Qué bien que estés aquí —logró decir, con voz casi humana—. Seguro que... va a ser... interesante.

La sonrisa de Isabella se estiró un milímetro más, como si ya hubiese ganado algo que nadie sabía que estaba en juego.

Y fue en ese momento, al girarse para irse, que Isabella soltó la frase más inocente del universo, con la naturalidad de quien habla del clima:

—Ah, por cierto... Peter y yo siempre nos llevamos de maravilla. Nos encanta ir a la playa, caminar durante horas, hablar de todo... Nos entendemos tan bien. A veces hasta olvido que acabo de llegar. Es como si siempre hubiera estado aquí.

Y madre e hija se despidieron de Sarah y desaparecieron entre las cortinas de lino, como una aparición que deja a su paso un aroma entre jazmín y pólvora.

miércoles, 16 de julio de 2025

El deseo entre las olas. Capítulo 8

El grito que siguió fue breve, pero suficientemente trágico para que Sarah saliera corriendo para auxiliar a su padre.

Fue Andrew quien lo oyó primero, como siempre que el caos llama a la puerta. Entró en la casa con una rama de higuera en la mano, diciendo que era para "espantar malos presagios". Le encantaba conocer todo sobre su  cultura aborigen. Nadie le creyó, pero nadie se lo discutió tampoco. 

El Señor Domingo fue llevado al hospital, murmurando que todo era culpa de Napoleón, que según él había movido la cama. Nadie quiso corregirle.

Al día siguiente, Sarah aceptó a regañadientes la invitación de Andrew para comer en su casa. Estaba preocupada por su padre que todavía seguía en el hospital magullado. Teresa, la madre adoptiva de Andrew, había preparado cocido y sonrisas. Durante el postre, Andrew, con la inocencia de quien no percibe las bombas antes de pisarlas, comentó:

—Esta mañana vi a Peter en la plaza. Estaba con una chica... alta, pelirroja. Se reían mucho. Creo que era su compañera del colegio. Vino desde San Sebastián solo para verle, eso me dijo Nicolasa, la de la panadería.

Sarah, que hasta ese momento se había estado entreteniendo pescando garbanzos con el tenedor, sintió que uno se le atragantaba con un golpe fuerte en el corazón. No sabía si era el garbanzo o la información, pero ambos tenían la textura del miedo.

—Ahá —dijo, fingiendo indiferencia mientras pensaba: «Me encantaría contarle esto a la hija del notario, a ver qué opina.»

Andrew, ajeno a la tormenta interna, siguió hablando de lo bonita que estaba la plaza con las flores de julio, mientras Sarah masticaba pensamientos que no se digerían fácil.

Esa noche, al volver a casa, Sarah pasó por el cuarto de su padre, ya por fin en casa, dormía plácidamente bajo los efectos de los calmantes. Se sentó a los pies de la cama, con la brocha en la mano, porque ni siquiera había tenido fuerzas para dejarla donde correspondía.

Pensó en Peter, en la pelirroja, en los ojos con los que él la había mirado días atrás, y en lo rápido que ocurren las cosas. Suspiró y se resignó.

"Si alguien tiene que acabar conmigo, que al menos me avise antes, para ponerme rimmel y un vestido decente", pensó, con ese sarcasmo que era su escudo.

Y por primera vez en mucho tiempo, no supo describir lo que sentía.