La noche ya había caído, con una luna blanca que bañaba el camino. Peter caminaba con pasos largos, casi violentos, como si cada uno le quemara los pies. En su mente se repetía la imagen de Frederick, sonriendo a su madre al hablar de Sarah, describiendo la dulzura de sus gestos, la manera en que sus ojos brillaban cuando bailaron.
Aquello le estaba devorando. ¿Por qué él, su propio hermano, se había atrevido a dar un paso que él no había sido capaz?
Llegó a la casa de Sarah sin pensar. No había plan, solo enfado, solo el fuego que le ardía por dentro. La vio en el granero, asegurando las compuertas de los animales, con la suave luz de un farol iluminando su silueta. El olor a madera y a tierra cálida llenaba el ambiente.
Peter apoyó la mano en la puerta, la empujó, y el ruido la hizo girarse.
—¿Peter? —dijo Sarah, sorprendida, con un mechón suelto que le caía sobre la mejilla.
Él no respondió de inmediato. La miró con intensidad, esa que pocas veces había dejado escapar, y dio un paso hacia ella.
—Tenía que verte —susurró, con la voz cargada de algo más que palabras.
Sarah parpadeó, nerviosa, intentando mantener la compostura.
—¿Ocurre algo?
Peter, con cara de enfado, contestó:
—Frederick... —tragó saliva— ...es mi hermano... —se detuvo un instante, mordiéndose la rabia—.
Sarah palideció y entendió la grata sensación que le produjo Frederick; claramente algo conocía de antes, su sangre.
Peter prosiguió, más relajado al ver que fue una sorpresa descubrirlo para Sarah:
—No podía quedarme sin saber... qué pensaste de mi hermano.
Sarah arqueó las cejas, sorprendida por el tono del joven; parecía que escondía un reproche que no entendía.
—Es un hombre amable, educado. Bailamos, como todo el mundo... —respondió, algo a la defensiva.
Peter dio otro paso, ya tan cerca que podía sentir el calor de su respiración.
—Sarah... —su voz se volvió más grave— lo siento, pero no soporto la idea de que él te mire como yo te miro.
Un silencio denso cayó sobre ellos, un silencio que pesaba más que cualquier palabra. Ella quiso replicar, pero se encontró sin voz cuando él tomó su cintura, acercándola hacia sí. Un ligero gemido se le escapó, involuntario, al sentirlo tan cerca.
—No he dejado de desearte desde el primer día —confesó, mirándola fijamente—. Y esta noche... he venido para que lo sepas.
El farol osciló levemente, proyectando sombras doradas sobre la paja. Sarah no se movió cuando Peter inclinó el rostro hacia el suyo. El beso fue lento, como una pregunta que temía la respuesta. Pero, cuando ella le correspondió, todo se rompió.
Las manos de ella buscaron el rostro de él y Peter sostuvo la cintura. El banco del granero crujió al recibirlos cuando se dejaron caer suavemente, entre la penumbra y la luz temblorosa. Los labios apenas se separaban, los dedos de Peter recorrían telas, nudos, botones, con la urgencia contenida del deseo.
Peter la miró, apenas unos centímetros entre ellos, con la respiración entrecortada.
—¿Puedo...?
La posó sobre la paja; no podía creer lo sexy que le resultaba esa mujer mayor, con los hombros desnudos y el cabello suelto, toda para él.
Sarah no contestó con palabras a la pregunta. Fue su mirada fija y brillante. Él recorrió sus muslos; la palpó, tan húmeda, que se dio cuenta de que eso ya daba permiso a lo inevitable. Sarah dio un gemido, reducido al sonido de sus corazones y al leve vaivén de roce que comenzó a dar la paja contra su piel.
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