—¿Que opinas de este, Peter? —preguntó sin mirarlo, mientras ajustaba un mechón rebelde.
Peter levantó la vista de los papeles que tenía sobre el escritorio.
—Es perfecto —respondió con calma, sin convicción.
Clarisse sonrió apenas, sabiendo que él no la observaba realmente.
—Perfecto —repitió, y se acercó a la ventana—. Los invitados vendrán esta noche. Espero que no llegues tarde otra vez.
Peter asintió, mecánicamente. Había aprendido a responder sin discutir, como quien se protege de una corriente fría. Clarisse, con su belleza impecable y su voz calculada, era la esposa ideal a ojos de todos. Solo él conocía el vacío que llenaba esa perfección.
En la esquina del salón, un piano permanecía cerrado, cubierto por una ligera capa de polvo. Clarisse ya no lo tocaba; hacía tiempo que la música había dejado de interesarle.
—¿Has pensado en el viaje? —preguntó ella, sirviéndose una copa de vino blanco—. Dicen que las aguas son buenas para los nervios… y últimamente pareces más cansado que de costumbre.
Peter la observó por un momento. Los nervios, pensó. Si ella supiera.
Desde que había recibido la carta de la señora Isolde acerca de la delicada salud de la mujer de Frederick no había vuelto a dormir con tranquilidad. No se atrevía a preguntar más, pero las palabra "enfermedad” y el temor lo perseguían.
—Podríamos ir en primavera —respondió al fin, intentando sonar indiferente.
Clarisse alzó una ceja.
—¿En primavera? Para entonces ya estaré ocupada con la temporada. Sabes que necesito estar en Londres.
El silencio cayó entre ambos. Peter apartó la vista hacia el ventanal, donde el cielo comenzaba a cubrirse de nubes. Algo en su pecho se contrajo sin motivo aparente, como si una corriente le advirtiera que en algún lugar, lejos de allí, algo estaba por cambiar.
Clarisse dejó la copa en la mesa y se acercó a él, posando la mano sobre su hombro.
—No pienses tanto, querido —susurró—. Las preocupaciones no te sientan bien.
Peter sonrió levemente, sin levantar la mirada.
Y mientras ella hablaba de fiestas y compromisos, él sintió, sin saber por qué, el eco de un nombre que no pronunciaba hacía meses: Sarah.