sábado, 27 de septiembre de 2025
El deseo entre las olas. Capítulo 17
El deseo entre las olas. Capítulo 15
martes, 23 de septiembre de 2025
El deseo entre las olas. Capítulo 14
miércoles, 3 de septiembre de 2025
El deseo entre las olas. Capítulo 13
martes, 2 de septiembre de 2025
El deseo entre las olas. Capitulo 12
El deseo entre las olas. Capitulo 11
sábado, 30 de agosto de 2025
El deseo entre las olas. Capitulo 10
La casa estaba iluminada tenuemente cuando Frederick llegó. El carruaje se alejó por el camino de grava y él entró quitándose los guantes, todavía con la emoción del baile palpitándole en las manos.
En el salón, la chimenea lanzaba destellos dorados que dibujaban sombras en las paredes. Su madre, Doña Isolde, estaba sentada en un sillón alto, con el porte de quien ha visto demasiado mundo para impresionarse. A su lado, el abuelo dormitaba, aunque sus dedos tamborileaban sobre el bastón, señal de que escuchaba a medias.
En un rincón de la sala, sentado en un banco bajo la ventana y con el cuerpo apoyado contra la pared, un joven leía absorto, como si el resto del mundo no existiera.
—¿Qué tal el baile? —preguntó Isolde, dejando la costura sobre su regazo—. ¿Alguna moza que merezca la pena?
Frederick sonrió con una calidez inusual en él.
—Sí… —dijo con voz suave—. Sí, madre. La hubo.
Los ojos de Isolde se entrecerraron con un brillo curioso.
—¿Ah, sí? ¿Y quién es esa que ha conseguido que vuelvas a casa con esa cara de muchacho enamorado?
Frederick avanzó hacia la chimenea y dejó los guantes sobre la repisa. Miró el fuego un instante antes de responder.
—Su nombre es Sarah. —Pronunció cada sílaba como si la saboreara—. Es... especial. Inteligente, reservada… y con una elegancia sencilla imposible de imitar.
Isolde arqueó las cejas, pero no interrumpió. Frederick prosiguió:
—Es viuda —añadió, con un tono que parecía querer protegerla incluso en su ausencia—. No hace mucho perdió a su esposo. Pero se le nota la fuerza… la dignidad. Como si llevara el dolor de la manera más discreta posible.
La madre apretó los labios.
—¿Viuda, dices? —preguntó, sin ocultar el leve tinte de desaprobación—. Ya sabes que nunca me gustó la idea de que os mezclarais con mujeres marcadas por... un pasado.
Frederick se volvió hacia ella, sin perder la calma.
—Madre… Nadie está libre de pasado. Ni siquiera yo.
Isolde hizo un leve gesto, como quien recuerda algo incómodo.
—Solo espero que no sea otra equivocación —dijo, con una mirada significativa que evocaba fantasmas antiguos—. Como aquella mujer que, por suerte, desapareció de tu vida sin avisar.
Frederick bajó un poco la mirada, pero no perdió su tono ilusionado.
—Sarah no es como ella. No hay artificio, ni ambición, ni… esa prisa por atraparme que tenía la otra. Con Sarah siento… que puedo volver a empezar.
Doña Isolde suspiró, resignada.
—¿Tanto te ha impresionado en un solo baile?
Frederick sonrió.
—Más que nadie en toda mi vida.
El silencio volvió a llenar el salón. El fuego crepitó suavemente. El muchacho silencioso del banco siguió leyendo sin interesarse ni levantar la vista.
Frederick se inclinó para besar la mano de su madre y hacer una ligera reverencia al abuelo. Luego salió por la puerta, dejando atrás la tibia luz de la chimenea.
Doña Isolde lo siguió con la mirada un instante, y entonces se volvió hacia el joven que seguía leyendo junto a la ventana.
—¿Y a ti qué tal te fue en el baile, Peter?
El joven levantó lentamente los ojos del libro. La llama de la chimenea iluminó su rostro, revelando la verdad que nadie esperaba.
-Muy bien madre.